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Gatsby
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separación, cierto abandono.¿Cuánto no se hubiera reído el mundo de un marido
atento con su mujer?Adela, por otra parte, estaba demasiado bien educada para hacer
caso desu marido. ¡La sociedad es tan divertida y los jóvenes tan amables! ¿Quéhace
usted en un rigodón si le oprimen la mano? ¿Qué contesta usted sile repiten cien veces
que es interesante? Si tiene usted visita todoslos días, ¿cómo cierra usted sus puertas?
Es forzoso abrirlas, y por loregular de par en par.
Un joven del mejor tono fue más asiduo y mañoso, y Adela abrazó por finlas reglas
del gran mundo: el joven era orgulloso, y entre el cúmulo deadoradores de camino
trillado parece despreciar a Adela; con mujerescoquetas y acostumbradas a vencer,
rara vez se deja de llegar a la metapor ese camino. ¡Adela no quería faltar a su
virtud!... ¡pero Eduardoera tan orgulloso! Era preciso humillarlo: esto no era malo; era
unjuego; siempre se empieza jugando. Cómo se acaba no lo diré; pero asíacabó Adela,
como se acaba siempre.
La mala suerte de mi amigo quiso que entre tanto marido como llega a unaedad
avanzada diariamente con la venda de himeneo sobre los ojos, élsólo entreviese
primero su destino, y lo supiese después positivamente.La cosa, desgraciadamente fue
escandalosa, y el mundo exigía unasatisfacción. Carlos hubo de dársela. Eduardo fue
retado, y llamado yocomo padrino no pude menos de asistir a la satisfacción.
A las cinco de la mañana estábamos los contendientes y los padrinos enla puerta
de... de donde nos dirigimos al teatro frecuente de estaespecie de luchas. Esta no era
de aquellas que debían acabar con unalmuerzo. Una mujer había faltado, y el honor
exigía en reparación lamuerte de dos hombres. Es incomprensible, pero es cierto.
Se eligió el terreno, se dio la señal, y los dos tiros salieron a untiempo: de allí a
poco había expirado un hombre útil a la sociedad.Carlos había caído, pero habían
quedado en pie su mujer y su honor.
Un año hizo ayer de la muerte de Carlos: su familia, sus amigos lolloran todavía.
¡He aquí el mundo, he aquí el honor, he aquí el duelo!
EL ALBUM
El escritor de costumbres no escribe exclusivamente para esta o aquellaclase de la
sociedad, y si le puede suceder el trabajo de no ser deninguna de ellas leído, debe de
figurarse al menos, mientras que sumodestia o su desgracia no sean suficientes a
hacerle dejar la pluma,que escribe imparcialmente para todos. Ni los colores que han
de darvida al cuadro de las costumbres de un pueblo o de una época pudieranpor otra
parte tomarse en un cálculo determinado y reducido; la mezclaatinada de todas las
gradaciones diversas es la que puede únicamenteformar el todo, y es forzoso ir a
 
 

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