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Gatsby
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Mi francés había hecho todas estas observaciones, pero no había hecho laprincipal;
faltábale observar que nuestro país es el país de lasanomalías; así que, al concluirse el
día:—Amigo—me dijo,—yo heviajado mucho; ni en Europa, ni en América, ni en
parte alguna delmundo, he visto menos aristocracia en el trato de los hombres; este
esel país adonde yo me vendría a vivir; aquí todos los hombres son unos;se cree estar
en la antigua Roma. En llegando a París voy a publicar unopúsculo en que pruebe que
la España es el país más dispuesto arecibir...
—Alto ahí, señor observador de un día—dije a mi extranjerointerrumpiéndole;—
adivino la idea de usted. Las observaciones que hahecho usted hoy son ciertas; la
observación general, empero, que deellas deduce usted, es falsa; esa es una anomalía
como otras muchas quenos rodean y que sólo se podrían explicar entrando en
pormenores que noson del momento; éste es, desgraciadamente, el país menos
dispuesto a loque usted cree, por más que le parezcan a usted todos unos. No
confundausted la debilidad de la senectud con la de la niñez: ambas sondebilidad; las
causas son, no obstante, diferentes; esa franqueza, esaaparente confusión y
nivelamiento extraordinario, no es el de unasociedad que acaba, es el de una sociedad
que empieza, porque yo llamoempezar...
—¡Oh! sí, sí, entiendo. ¡C'est drôle! ¡C'est drôle!—repetía mifrancés.
—Ahí verá usted—repetía yo—entre qué gentes estamos.
LAS CASAS NUEVAS
«La constancia es el recurso de los feos—dice la célebre Ninón deLenclos en sus
lindas cartas al marqués de Sevigné;—las personas demérito, que saben que por
donde quiera han de encontrar ojos que seprenden de ellas, no se curan de conservar
la prenda conquistada; losfeos, los necios, los que viven seguros de que difícilmente
podránencontrar quien llene el vacío de su corazón, se adhieren al amor queuna vez
por acaso encontraron, como las ostras a las peñas que en el marlas sostienen y
alimentan.
»Estos son generalmente los que, temerosos de perder el bien, queconocen no
merecer, preconizan la constancia, la erigen en virtud yhacen con ella el tormento de
una vida que deben llenar la variedad y lasucesión de sensaciones tan vivas como
diferentes.»
Aquella máxima de coqueta, al parecer ligera, si no es siempre cierta,porque no a
todos les es dado el poder ser inconstantes, es sin embargoprofunda y filosófica, y aun
puede, fuera del amor, encontrar más de unaexacta aplicación. Pero mi propósito no
es hundirme en consideracionesmetafísicas acerca del amor; tengamos lástima al que
le ha dejado tomarincremento en su corazón, y pasemos como sobre ascuas sobre
tanquisquilloso argumento. El hecho es que no tenía yo la edad todavía dequerer ni de
 
 

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