mismafamilia? ¿Será preciso imprimir yo mismo mis artículos? ¡Oh, qué placerel de
ser redactor!
¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil,lector
mío, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento demis infortunios
periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo ydebo, con sobrada razón,
exclamar ahora que ya lo soy: ¡Oh, qué placerel de ser redactor!
DON TIMOTEO O EL LITERATO
Genus irritabile vatum, ha dicho un poeta latino. Esta expresiónbastaría a probarnos
que el amor propio ha sido en todos tiempos elprimer amor de los literatos, si
hubiésemos menester más pruebas de estaincontestable verdad que la simple vista de
los más de esos hombres queviven entre nosotros de literatura. No queremos decir por
esto que seael amor propio defecto exclusivo de los que por su talento sedistinguen:
generalmente se puede asegurar que no hay nada más temibleen la sociedad que el
trato de las personas que se sienten con algunasuperioridad sobre sus semejantes.
¿Hay cosa más insoportable que laconversación y los dengues de la hermosa que lo es
a sabiendas? Mírelausted a la cara tres veces seguidas; diríjala usted la palabra
conaquella educación, deferencia o placer que difícilmente pueden dejar detenerse
hablando con una hermosa; ya le cree a usted su don Amadeo, yale mira a usted como
quien le perdona la vida. Ella, sí, es amable, esun modelo de dulzura; pero su
amabilidad es la afectada mansedumbre delleón, que hace sentir de vez en cuando el
peso de sus garras; es puracompasión que nos dispensa.
Pasemos de la aristocracia de la belleza a la de la cuna. ¡Qué amable esel señor
marqués, qué despreocupado, qué llano! Vedle con el sombrero enla mano, sobre todo
para sus inferiores. Aquella llaneza, aquelladeferencia, si ahondamos en su corazón,
es una honra que cree dispensar,una limosna que cree hacer al plebeyo. Trate éste
diariamente con él, yal fin de la jornada nos dará noticias de su amabilidad: ocasiones
habráen que algún manoplazo feudal le haga recordar con quién se las ha.
No hablemos de la aristocracia del dinero, porque si alguna hay falta defundamento
es ésta: la que se funda en la riqueza, que todos puedentener; en el oro, de que
solemos ver henchidos los bolsillos de éste oaquél alternativamente, y no siempre de
los hombres de más mérito; en eldinero, que se adquiere muchas veces por medios
ilícitos, y que lafortuna reparte a ciegas sobre sus favoritos de capricho.
Si algún orgullo hay, pues, disculpable, es el que se funda en laaristocracia del
talento, y más disculpable ciertamente donde es a todaluz más fácil nacer hermosa, de
noble cuna, o adquirir riqueza, quelucir el talento que nace entre abrojos, cuando
nace, que sólo acarreasinsabores, y que se encuentra aisladamente encerrado en la
cabeza de sudueño como en callejón sin salida. El estado de la literatura
