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Gatsby
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tal silencio los reduce. Te dirémás todavía: en mi opinión no habrán llegado al colmo
de su felicidadmientras no dejen de hablar eso mismo poco que hablan, aunque no es
grancosa, y semeja sólo el suave e interrumpido murmullo de viento cuandosilba por
entre las ramas de los cipreses de un vasto cementerio;entonces gozarán de la paz del
sepulcro, que es la paz de las paces. Ypara que veas que no es sólo Dios el que
desaprueba el hablar demasiadocomo arriba llevo apuntado, te traeré otra, autoridad
recordándote alfamoso filósofo griego (y no me hagas gestos al oír esto de
filósofo),que enseñaba a sus discípulos por espacio de cinco años a callar antesde
enseñarles ninguna otra cosa, que fue idea peregrina, y sería aquellacátedra lo que
habría que oír; de donde concluyo, porque me canso, quecada batueco es un Platón, y
no me parece que lo ha encarecido poco tuamigo—El Bachiller.
P. D. Se me olvidaba decirte que a mi última salida de las Batuecas sesusurraba que
hablaban ya. ¡Pobres batuecos! ¡Y ellos mismos se locreían!
YA SOY REDACTOR
¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar el hombre siempre lo que notiene?
Preguntémosle a un joven barbilucio qué desea. ¿Cuándo tendrébarbas?—exclama en
su interior.—Nácenle las barbas, y hele allímaldiciendo ya del barbero y de las
navajas. ¿Cuándo hallaré en mi Filiscorrespondencia?—le grita en el fondo de su
corazón un deseo innato deamor y de ser amado.—Ya oyó el sí. ¡Gozó el bien que
deseaba! Y yamaldice del amor y sus espinas. ¿Le prefiere Laura? Pues todo su
deseose cifra en conquistar a Amira que lo desprecia. ¿De qué nace esta sedinsaciable,
este deseo vividor, reemplazado por otros y otros deseos querápidamente se suceden
sin encontrar jamás sino imperfecta satisfacción?El padre Almeida, si mal no me
acuerdo dice entre otras cosas curiosas,y aun lo afianza, que la Providencia quiso
poner en nosotros este deseoimplacable, para que nos atestiguase eternamente que no
hacemos en estemundo transitorio sino una corta peregrinación, y que la satisfacción
denuestros deseos no está en esta vida, sino en otra más perfecta yduradera. Así debe
de ser, y cierto, que vivimos de todas suertesagradecidos a la previsión y ardiente
caridad con que el reverendo padrenos quiso sacar de esta peregrina duda. Yo, que no
tengo un ápice demetafísico, y que dejo la resolución de estos problemas a aquellos
quetienen más noticias ciertas que yo de nuestro destino, me ciño a decirque el deseo
existe, y esto basta para mi propósito.
Yo, Fígaro, soy de ello una viva prueba: no bien me había tentado elenemigo malo,
y sentí los primeros pujos de escritor público, cuandodieron en írseme los ojos tras
cada periódico que veía, y era mi pío pormañana y noche:
—¿Cuándo seré redactor de periódico?
 
 

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