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Espasmo

unaopinión precisa. En la persona de la muerta, ningún rastro de
laviolencia: ni en las manos, ni en las muñecas, ni en el cuello.
Faltando, por consiguente, las pruebas reales que pudieran
confirmar unade las dos suposiciones, Ferpierre esperaba
encontrar alguna pruebamoral en el libro de memorias
secuestrado con otros papeles en eldomicilio de la difunta. Y la
misma noche de la autopsia lo dejó con lafiebre de la curiosidad
suscitada en él por el misterio.
Las primeras páginas no tenían fecha, pero se referían
evidentemente ala adolescencia de la Condesa. Comenzaban con
las impresiones de la niñaal salir del colegio, con las
manifestaciones del júbilo que la habíaembargado al volver a
ver su casa, al encontrarse de nuevo con su padre.Sin embargo,
no se olvidaba del tiempo que había pasado lejos; laspáginas
donde expresaba la dulzura de su nueva vida estaban
todavíallenas de los recuerdos de la antigua.
«A esta hora están mis compañeras en el jardín. Sor Ana se
pasea entorno de la fuente, leyendo en ese libro que jamás
termina, cuidando lapobrecilla a sus hijitas. Las inseparables se
pierden, la una del brazode la otra, por entre los tilos; Rosa
Blanca se queda sola con suspensamientos; las locas corren,
gritan, juegan. ¿Quién se acordará de mícomo yo me acuerdo de
ellas?»
El sentimiento predominante era su adoración por su padre.
«He llegado a saber que papá me ha tenido en el colegio
porque creía nopoder atender suficientemente, por ser hombre, a
mi educación y a misdistracciones. Y ahora, siempre nos
entendemos, en todas las cosas: éldice que soy demasiado seria,
cuando ve que estamos de acuerdo en lasideas graves, y yo por
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