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Espasmo

LOS RECUERDOS DE ROBERTO VÉROD
El sol se ponía. Detrás de la cadena del Jura, los rayos de oro
quehendían las nubes aglomeradas sobre las cumbres,
semejaban un inmensotrofeo de espadas. El lago, hacia la ribera
occidental, parecía unainmensa pizarra; después, verde como un
estanque por entre las orillasbajas y boscosas de San Sulpicio,
recuperaba todo su color azulado allálejos, en la alta cuenca
cerrada por los Alpes, cuyas nieves seinflamaban con los
últimos fulgores del astro. Dos velas inmóviles,cruzadas como
dos alas sobre el agua inmóvil también; una tenue línea dehumo
por el lado de Collonges, y ningún otro signo de vida. En medio
delsilencio infinito, lejanos toques de campana anunciaban que
una vidaacababa de extinguirse.
Al Cielo, a la tierra, a la luz, Roberto Vérod pedía cuentas de
aquellavida. A ratos llegaba a perder la conciencia de la
increíble verdad:ante el espectáculo que tantas veces había
admirado junto con ella, leparecía tenerla aún a su lado; pero
después, tornando la mirada ansiosa,la soledad lo aterraba, el
horror pesaba más y más sobre él. Y andaba,andaba, sin saber
adonde, ansioso de respirar: la inmovilidad lo habríaahogado.
En la cuesta de Lausana, más allá de la Cruz, lo pasó uncarruaje.
Y entonces se detuvo, temblando.
En ese camino, en ese sitio, a esa misma hora, la había visto
por laprimera vez: un año antes, un día que erraba por esos
lugares, habíapasado ella en carruaje, quién sabe si en ese
mismo que acababa dedejarlo atrás. Y su imagen resurgió
vivísima, con una luz que lodeslumbró.
¿Qué hacía él en aquel tiempo? ¿En qué pensaba? ¿Cuáles
eran susesperanzas? Su existencia no tenía objeto; era una
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