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Espasmo

—No podría decirlo. Un día...
—¿Qué?
—La vi besar la mano al señor.
—¿No oyó usted lo que decían?
—Hablaban en ruso. Yo no podía entender.
—Hagamos una suposición. Admitamos que esa mujer amara
al Príncipe. ¿Noes verdad que entonces habría tenido celos de la
Condesa?
La criada contestó con una ambigua expresión del rostro, que
tanto podíasignificar ignorancia como asentimiento.
—Sin embargo, si conocía su desunión, esos celos no habrían
sido muyjustificados...—insinuó Ferpierre, oponiéndose a sí
mismo estaobjeción, pues en su esfuerzo por ver claro en aquel
misterio expresabatodas las ideas que se le iban presentando.—
¿Sabía la rusa que entrelos patrones de usted había discordia?
—No podría decirlo.
—¿Habría notado que el Príncipe trataba mejor últimamente a
la difunta?
—No sé, señor.
—¿Y si lo hubiera notado amando al Príncipe, no podrían los
celos haberarmado su brazo?
La criada no contestó, casi comprendiendo que el magistrado,
más queinterrogarla, no hacía sino hablar consigo mismo, pensar
en alta voz.
III
 
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