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Espasmo

comprendí que su compañía, su amistad le eran muygratas, por
más que a veces evitase el encontrarse con él.
—¿Cómo era eso?
—No sé; pero a veces parecía que hasta le tuviera aversión.
Peroaquello pasaba pronto...
—¿Temía, quizá, que el señor Vérod, como todos los hombres,
llegara ala larga a no tratarla con la delicadeza que al principio?
—No lo creo. ¡Es tan bueno el señor Vérod! Sin duda temía
algo, sí,pero...
—¿Qué temía?
—Se temía a sí misma.
—Entonces, si la Condesa abrigaba esa simpatía, y en el caso
de que elPríncipe, como usted, la hubiera notado, ¿no cree usted
que cuandocomenzó a tratarla mejor fue por miedo de perderla,
celoso de Vérod?
La mujer abrió los brazos y meneó la cabeza.
—No podría decirlo, señor.
—De la rusa, de esa estudiante, ¿qué piensa usted?... ¿Qué
venía ahacer aquí?
—Yo no sé, porque, siempre se encerraba con el señor en el
escritorio.
—¿Cuántas veces ha estado aquí?
—Tres o cuatro veces.
—¿Nunca sospechó usted que hubiera entre ellos una relación
muyíntima... que ella fuese su querida?...
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