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Espasmo

indiferentes a esas cosas pasadas, delas que no habían sido
espectadores, y hasta fastidiados con tanmonótono relato. Y
pronto llegó el día en que la misma Baronesa olvidóel asunto.
Sor Ana Brighton debía haber muerto en Stonehaven; el
nombre de laCondesa se borraba de la cruz en el cementerio de
Sallaz. En cuanto alPríncipe y a la joven nihilista, nadie supo
más de ellos después quesalieron en libertad: habían vuelto
seguramente a su propaganda. ¿Ytambién a sus amores? Era
probable: después de su heroica tentativa desalvarle, Alejandra
Natzichet debía haber visto a Zakunine corresponderal amor que
ella le tenía. Los diarios, en un tiempo llenos de noticiasrelativas
a la acusación que amenazaba a ambos, no hablaban más
deellos: otras historias de otras pasiones ocupaban el lugar
concedidoantes al drama de Ouchy.
El juez Ferpierre, no, obstante los nuevos procesos y los
nuevosmisterios sometidos a su averiguación, fue entre todos el
que másconservó el recuerdo: demasiado graves habían sido sus
preocupaciones,demasiado penoso su despecho de no haber
sabido ver claro en aquelenredo. Tratando de justificarse a sus
propios ojos, pensaba que,después de la lectura de las memorias
de la Condesa y el interrogatoriode Vérod, había visto y firmado
la verdad; pero el recuerdo de susvacilaciones, de sus sospechas,
de sus tentativas ambiguas ydesgraciadas lo confundía. ¿Cómo
no se había mantenido en la opinión deque la acusación era obra
enteramente del odio de Vérod? Una especie desordo y pertinaz
remordimiento lo había acompañado durante largo tiempo,ante
la idea de haber empujado a una inocente a un sacrificio
terrible:después ese error suyo fue a confundirse con otros, y le
dio libertadpara decirse que su culpa había consistido
únicamente en un celoexcesivo por encontrar el fundamento de
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