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Espasmo

»Dios lee en mi corazón. A usted no puedo ni quiero decir qué
tempestadme destroza. ¡Bendita usted que no conoce el error!
¿Para qué hablarlede aquello con que yo lucho? Piense usted
solamente esto: que si hepecado mucho, ahora quiero huir de
otras culpas. Me encuentro reducida auna condición tal, que
todo es para mí culpa y error. Sólo la muertepuede librarme: yo
debería esperarla, porque no tardará; pero el mal noespera, no.
»Si la apeno, perdóneme usted. Piense usted que no tengo a
nadie más enel mundo a quien decir estas cosas en esta hora
extrema. Todavíaquisiera dirigir a usted otro ruego: acepte usted
mis memorias, que dejopara usted. Estoy segura de que las
conservará usted con el amor quesiempre me ha tenido.
»Sor Ana, ruegue usted por mí.»
IX
ESPASMO
Pasaron los años, y la Condesa Florencia d'Arda, el Príncipe
AlejoZakunine y Alejandra Natzichet se fueron borrando poco a
poco de lamemoria de los hombres. Los propietarios de la villa
Cyclamens habíanpensado primero en cambiar el nombre de la
villa, temerosos de que aqueltriste recuerdo impidiera que otros
quisieran vivir en ella; pero en lapróxima estación la solicitó
expresamente un inglés movido por lacuriosidad despertada en
él por el drama de Ouchy. Dos años después fuealquilada por
una familia americana que nada sabía de la muerte ni
delproceso, y así quedó la casa con su antiguo nombre.
La Baronesa de Börne, frecuentadora asidua de la Casa de
Salud, referíaa todos los recién llegados la historia, con gran
acopio de detalles, yellos se quedaban escuchándola,
 
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