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Espasmo

en el otro lado no era muy grande eldesencanto, pues a pesar del
secreto de la instrucción judicial, sesabía que Alejandra
Natzichet, al matar a la Condesa, no había hecho másque
obedecer al deseo, casi a la intimación de su desesperada
víctima.
Esto no mitiga los juicios de que la homicida era objeto. Sólo
en partese creía en el motivo aducido por ella: que hubiese
muerto a ladesgraciada italiana únicamente para devolver la
libertad alcorreligionario y restituirle al partido, parecía creíble a
los quetenían una alta idea del celo sectario; pero los más
reconocían que aéste se habían unido los celos de la mujer
amante para determinar eldelito. Y si la ferocidad de la rebelde
inspiraba terror, nadieperdonaba los celos de la mujer: hasta los
más indulgentes para con losdelitos de amor, negaban a la
pasión de la nihilista toda buenacualidad; la juzgaban fría, dura,
salvaje.
Y mientras la nihilista aparecía de ese modo bajo una triste
luz, losdetractores de Zakunine, sin desdecirse del todo,
reconocían lainocencia de éste. No podían arrepentirse
enteramente de sus juicios,porque veían que él era el origen de
todos los males, y decían que sólopodía relevársele de la
responsabilidad material del delito. Los másindulgentes le
acreditaban sus tentativas de salvar a la asesino; perolos más
severos, por el contrario, le acusaban aún de eso: al correr
elriesgo de ser condenado con ella intentando salvarla,¿ no
confirmaba élmismo, de la manera más evidente, que ambos
eran pasibles de idénticapena? El sentimiento unánime daba
razón, por fin, a Roberto Vérod, quecontra todas las apariencias
había insistido en creer en el delito, yconseguía, por último,
vengar a su amada.
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