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Espasmo

arrancadapor la esperanza de salvarla; mas ¿por qué ocultó usted
los sentimientosque profesaba últimamente a la otra
desgraciada?...
El Príncipe temblaba: la Natzichet había dicho la verdad.
—¡E iba usted a hablar de la repentina resurrección de su amor
a quienle amaba; a una cómplice de rebelión, para que los celos
y el fanatismose despertaran a un tiempo en ella, y la animaran
contra aquellainfeliz!... ¿Ahora está usted conmovido, tiembla
usted, después de haberhecho dos víctimas?... ¿Y por qué ha
ocultado usted todo eso? ¿No lohacía usted, pues, por
generosidad para con la reo, sino por unsentimiento en todo
distinto: el miedo de que, si yo hubiera sabido conqué ímpetu se
despertaba en usted esa tardía pasión, habría podido ydebido
sospechar de usted con mayor fundamento?
Entonces el Príncipe, alzando resueltamente la cabeza y
fijando lamirada en los ojos del juez, contestó con voz sorda:
—No diré por qué me he callado. Ya sabe usted la verdad,
¿por qué no medeja usted libre? ¿Qué más quiere usted?
VIII
LA CARTA
Cuando los periódicos publicaron la noticia de que, cerrada
lainstrucción, resultaba de las acordes confesiones de la
Natzichet y deZakunine que la Condesa d'Arda había sido
asesinada por la nihilista, yque la acusación defería a la reo al
juicio de los jurados, lacuriosidad del público, que había crecido
desmesuradamente en losúltimos días, se aquietó por fin. Los
que negaban el suicidio,triunfaban al ver confirmados los
razonamientos que habían opuesto a laincreíble hipótesis: pero
 
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