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Espasmo

—¿La verdad? ¡Ahora la conozco!—contestó con severidad el
juez.—Ustedno es materialmente culpable, y yo no puedo
mantenerle ya aquí...
—¡Ah! Entonces...
—Pero su responsabilidad moral es mucho más grave de la
que alprincipio confesó usted, y esa impaciencia suya me parece
fuera delugar, puesto que usted mismo podía, con una sola
palabra, haberdisipado mis dudas...
Se detuvo para darle tiempo de contestar, de decir algo; pero
elPríncipe le miraba sin despegar los labios.
—¿Parece, entonces, que la generosidad de que estaba usted
animado enlos primeros días, cede, por fin, y ya no le importa a
usted tantosalvar a la reo?
—¿Salvarla?...
—¿Me engaño, entonces? ¿Finge usted asombro o
ignorancia?... Ambosestán de más. La amiga de usted ha
confesado.
—¿Qué?
El acento de ansioso estupor con que hacía esa pregunta
parecía sincero.
—¡Vamos, vamos! ¿Quiere usted todavía hacerme perder más
tiempo? ¿Leduele a usted verla perdida? ¿No sabe usted que esa
mujer le ha amado?¿No se da usted cuenta de que la
responsabilidad moral de tanta ruinapesa sobre usted
únicamente? ¿Finge usted estupor después de habermentido?
Mintió usted cuando reconoció ser el amante de
sucorreligionaria; pero esa mentira, por lo menos, le fue casi
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