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Espasmo

—Esta mujer ha dicho lo contrario: ha declarado que su
patrona haintentado otras veces matarse; que esta mañana la
alejó deliberadamentey que hoy no ha hecho más que poner en
práctica un propósito antiguo yfirme.
—¿Usted cree eso?—exclamó el joven desconcertado—¿usted
ha dicho eso?
La mujer no contestó. Miraba en torno suyo, extraviada, como
ausente;parecía no comprender ni ver.
—¿De quién era esta arma?—la preguntó el magistrado.
—Suya.
—¿Podía alguien tomarla? ¿Dónde la tenía?
—Encerrada, escondida.
—¿Ve usted—dijo otra vez el juez, volviéndose hacia el
joven—que nadaconfirma sus acusaciones? ¿Insiste usted en
ellas?
El magistrado hablaba con gravedad, casi en tono de
desdeñoso reprochepor la ligereza de que el joven daba pruebas.
Pero éste, después de unmomento de silencio durante el cual se
pasó una mano por la frente ylanzó en su derredor una mirada de
duda, contempló una vez más el cuerpoexánime que yacía en el
suelo, las formas rígidas de la muerta, elrostro más blanco aún
que al principio, sobre el cual las manchas desangre iban
perdiendo su color purpúreo al secarse, la boca
todavíaentreabierta, los ojos fijos, ya no en éxtasis, sino
tremendos; yentonces, extendiendo el brazo, repitió con voz
sorda y agitada:
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