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Espasmo

su ideal, ¿había dehacer que se les creyera capaces de un delito
común? ¿No había entre lasdos cosas una enorme distancia, y
los más feroces sectarios no suelenser, en la vida privada,
personas de escrupulosa honradez y buenos hastala ingenuidad?
Los datos relativos a la vida de Zakunine y de la
Natzichetproporcionaban argumentos, tanto a los acusadores
como a los defensores,para insistir en sus opiniones.
En aquellas complejas naturalezas de esclavos, impetuosos y
fríos almismo tiempo, ya violentamente arrastrados por el ciego
instinto, yarígidamente subordinados a la razón más férrea, los
unos y los otroshallaban la capacidad y la incapacidad del delito.
¿Por qué había de asombrar, o mejor dicho, no era natural, que
en unímpetu de celos, de odio, de rencor, esas personas, que se
creíansuperiores a todas las leyes, destruyeran una vida después
de habersededicado a la destrucción de tantas obras?
Y del lado contrario se objetaba que no era creíble que esas
mismaspersonas, cuya actividad estaba por entero dirigida a
obtener un fincondenado por los más, pero grande y casi
sagrado por eso mismo, seperdieran en una aventura vulgar,
cometiendo un inútil delito. ¿Cómo eraposible que dos personas
que habían renegado de la patria, de lafamilia, de la amistad, de
todos los sentimientos que vinculan entre sia los hombres, y eso
con el solo objeto de trabajar más libremente enla destrucción
del mundo, hubieran traicionado su causa por obedecer auna
pasión mezquina?
Los otros replicaban que esos reivindicadores de las máximas
idealeshumanas no eran inaccesibles a las pasiones, sino que por
el contrario,lo eran y mucho—y lo probaban citando las
numerosas aventuras delPríncipe,—y que la razón, que en la
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