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Espasmo

La joven contestó con dureza arrugando el ceño:
—Dudar es el oficio de usted. Yo he dicho la verdad; tanto
peor si sevuelve en mi contra. ¿Tiene usted algo más que
preguntarme?
En vez de esperar que el juez la despidiera, ella era quien
lodespedía.
VII
LA CONFESIÓN
La curiosidad despertada en el público por la tragedia de
Ouchy habíaido creciendo de día en día. La calidad de los
personajes, lo extrañodel caso que reunía a personas procedentes
de tantas partes y tandistintas por su cuna y por su vida: un
revolucionario conocido en todaEuropa por Zakunine; un
escritor como Roberto Vérod; una dama de lanobleza, como la
Condesa d'Arda; un ser misterioso como AlejandraNatzichet
habrían excitado el interés general, si para ello no
hubierabastado la trama judicial.
La noticia del suicidio y la acusación de asesinato se habían
esparcidoal mismo tiempo y dividían la opinión en dos campos
casi iguales. Sinduda los que admitían la existencia del delito
eran más numerosos, perosólo la inclinación natural de los
hombres a creer en el mal, y en partetambién la aversión por las
ideas políticas del Príncipe y de laestudiante, inducían a la
sospecha, puesto que, al tratarse de demostrarel fundamento de
ésta, nadie sabía presentar razones válidas.
Pero no faltaba quien los defendiera, y con bastante vivacidad.
El hechode que los revolucionarios no retrocedieran ante el
hierro y el fuegocuando tenían que trabajar en la consecución de
 
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