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Espasmo

en su busca. Le encontré vacilante aún; temeroso decausarle
daño. Entonces le indiqué que la escribiera, idea que leagradó.
Estábamos en el escritorio, creíamos que nadie nos oyera,
cuandola Condesa se nos apareció. Se puso a decir frases
amargas contra él,contra mí, hizo que perdiera la paciencia, que
olvidara la compasión, laacusara de espiarlo, y le declarara que
iba a partir para no volver. LaCondesa nos dejó, y nosotros nos
pusimos a preparar las cosas para elviaje. Poco rato después
oímos el tiro. Esta es la verdad.
—¿Confirma usted lo que dice esta joven?—preguntó
Ferpierre aZakunine.
El interrogado contestó con una breve inclinación de cabeza.
—¿Cuáles fueron las palabras amargas que la Condesa
profirió?
Todavía fue la mujer quien contestó:
—Dijo: «¿Y es usted quien habla de lealtad? ¿Es un escrúpulo
defranqueza el que hace que ustedes se oculten aquí a conspirar
en micontra? ¿He sido yo hasta ahora un obstáculo para los
amores de ustedes?¿Era necesario que me dieran su espectáculo
aquí mismo?»
El magistrado permaneció un instante callado, contemplando a
lanarradora, y luego, sin dejar de mirarla, dijo lentamente:
—¿Y usted cree que, después de una explicación tempestuosa,
con eldesdén que debía henchir el corazón de aquella mujer, la
versión delsuicidio sea verosímil? ¿Cómo no se fija usted en
que, con su poco felizinvención de una escena tan increíble se
ha colocado usted en un falsoterreno?
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