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Espasmo

vivamente por la difunta,desconfiaba más que nunca de los
rusos.
Al día siguiente del interrogatorio del joven, recibió, junto con
variospaquetes de cartas, secuestradas en Niza y Zurich, las
informacionespedidas al jefe del departamento de policía y a la
legación de Rusia enBerna, acerca de ambos nihilistas. Lo que
ya sabía de la índole delPríncipe Alejo Petrovich estaba
confirmado y documentado por losinformes extensos y
minuciosos de ambas procedencias, llenos dedeclaraciones
tomadas en anteriores procesos políticos. Pero tambiénsupo
cosas que no sospechaba.
Heredero del genio de la raza eslava, movido por sentimientos
impetuososy demasiado vecinos de los instintos primitivos,
Zakunine padecía,además, de ese histerismo que, según la
ciencia moderna de lasenfermedades nerviosas ha comprobado,
no es solamente un dolorosoprivilegio del sexo femenino. Cosas
verdaderamente increíbles sereferían del Príncipe, de su
tumultuosa juventud. Huérfano de padre, elodio que desde
pequeño había tenido al segundo marido de su madre, sehabía
tornado en manía homicida. Constantemente golpeado con
crueldad,castigado con un salvajismo que superaba en mucho a
la severidadmerecida por sus faltas, su carácter se había agriado.
Un día—todavía no tenía más de diez años,—paseándose con
un camaradade su misma edad, se acercaba a una estación de
ferrocarril. El amigo lehabía explicado que los guarda líneas
recorren el trayecto de los rielesque les corresponde vigilar, para
cerciorarse que ningún obstáculoamenazaba la seguridad del
tren; entonces él, aprovechando un momento enque su
compañero no le observaba, y sin más móvil que una
perversacuriosidad del mal, había puesto sobre los rieles dos
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