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Espasmo

vez de resistir hasta el último,fuera también capaz, como las
otras, de esas cómodas transacciones deque somos testigos
cotidianos. Es positivo que quien se mata no pruebatener una
alma templada, ni muestra una fe indestructible; pero si, porobra
de usted, la infeliz se encontró en la imposibilidad de adoptar
untercer partido, debo creer que de los dos escogiera el menos
malo. ¿Y nole parece a usted extraño que yo deba sostener,
contra usted mismo, laentereza de conciencia de esa mujer, la
delicadeza de su honra?...
Vérod se levantó, y pasándose la mano por la frente, exclamó,
vencido,perdido:—¡No diga usted eso!... Sí, es cierto... Tiene
usted razón...Puede usted tener razón... ¡Pero no diga usted, no
lo repita!... ¡Porqueentonces, resulta que yo, yo mismo la he
muerto!... ¡Muerta por mí!...¡Por mí!... Mire usted... esta idea,
esta sospecha, me destroza elcorazón. ¡Siento que me vuelvo
loco!
VI
LA INVESTIGACIÓN
Cuando el juez se quedó solo, la confianza que lo había
sostenido loabandonó de improviso. La resistencia de Vérod lo
había aguijoneado,sugiriéndole argumentos cuya fuerza contra
la acusación le parecíagrande; pero, al fin, viendo que el otro le
daba la razón, en vez deafirmarse en su opinión, volvió a dudar.
Su reconstrucción del drama eraverosímil, pero nadie podía
atestiguar que fuese verdadera, y en cuantoa la posibilidad del
asesinato, ¿era en realidad insostenible? Despuésde haber
desarrollado una de las dos hipótesis, debía examinar la otra,y a
esta tarea se preparaba, con creciente antipatía hacia los
acusados.Conmovido por el dolor de Vérod, interesado
 
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