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Espasmo

La lectura de las memorias había demostrado al juez Ferpierre
que laCondesa d'Arda se encontraba en situación de tener que
pensar en lamuerte como el único término de su desventura.
Pero esto no impedía almagistrado comprender que debía
considerar el otro aspecto del problemay profundizar los
argumentos aducidos por Vérod contra la hipótesis delsuicidio.
En ese nuevo amor que la Condesa combatía con la previsión
dela caducidad y más aún con la conciencia del mal, había
grandesperspectivas de gozo, la mayor incitación a vivir; el
mismo empeño conque ella se imponía su privación, demostraba
su fuerza y además noexistía una explícita confesión del intento
del suicidio, y, por lotanto, quedaba siempre la posibilidad de
que, no habiéndose matado alprincipio, en el largo tiempo
transcurrido desde que había conocido aVérod, tampoco se
hubiera dado la muerte al último, sino que hubierasido asesinada
por uno de los rusos: el asesino aprovechaba así laverosimilitud
del suicidio y escaparía a la acusación.
Para aclarar el misterio, convenía conocer con precisión las
relacionesque habían mediado en los últimos tiempos entre la
Condesa y el joven,cuáles habían sido las instancias de él, cuáles
las promesas de ella.Las cartas escritas por Vérod a la Condesa,
dos o tres por todo, nadadecían de notable: expresaban
solamente la gratitud del joven por lavisita al sepulcro de su
hermana, y el deseó y la esperanza de verla denuevo. Ninguno
de los otros papeles de la difunta arrojaba la menor luz:los más
importantes eran un legajo de cartas de aquella sor Ana a
quienla Condesa había escrito la mañana misma de la catástrofe.
Sor Ana la trataba verdaderamente como a hija, y en sus
palabras deconsuelo, en sus llamamientos a la fe cristiana, se
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