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Espasmo

leyes, pero con el finde hacer que volviera a ellas quien las
había abandonado y desconocido,y si había recibido de éste el
ejemplo del mal, había sido por darle eldel bien. Alimentar ese
nuevo amor no era, por lo tanto, posible, sinrenunciar a las
atenuaciones que, en la ambigüedad de su estado, lasubstraían a
la condena o la permitían por lo menos, abrigar laesperanza de
que podría evitar su rigor. «Esta idea me convenció: quepara las
almas, fuertes no se necesita que la ley esté escrita en unlibro:
basta comprenderla.» ¿Era posible que hubiera olvidado
suspropias palabras, el sentimiento que se las había dictado? Si
aquelsentimiento era sincero y sano; si el alma de aquella mujer
fuera tanelevada y fuerte como aparecía en las declaraciones de
los testigos y enlas páginas del libro, no sólo era posible que se
hubiese dado lamuerte, sino que el suceso debía haber sido casi
previsto.
Antes de haber encontrado a Vérod, su corazón estaba
oprimido, su vidallena de amargura, todos sus esfuerzos habían
fracasado; pero, sinembargo, aun podía respetarse. En la
amargara del desengaño habíapodido, sí, censurarse y declararse
vil, afirmando que se había unidocon el Príncipe Alejo, no por
cumplir un noble propósito, animada de unsentimiento purísimo,
sino sencillamente por satisfacer su propiaconcupiscencia, y
hasta debía decirse que ese su propio fallo eraatenuado. Una
segunda caída no solamente no tenía excusa alguna, sinoque
además habría confirmado ni escéptico juicio que se había
formado deella su primer amante:
«Tu sacrificio te duele; quieres obtener una compensación y la
buscarásen otro amor: no lo dudes, alguien te lo ofrecerá...»
Estas palabras deZakunine que la habían humillado y ofendido
cuando no eran más que unaescéptica previsión, habrían sido
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