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Escenas Montañesas

Don Pelegrín Tarín es un señor fechado aún más allá de la última decenadel siglo XVIII, uno de esos
hombres cuyo conocimiento se hace en elcafé con motivo de una jugada á las damas, ó la duda de una
fecha, ó elrelato de un episodio de la guerra de la Independencia; un señor chapadoy claveteado á la
antigua, y en cuyo ropaje y fachada se puede estudiarla historia civil y política de su tiempo, del mismo
modo que sobre unmurallón cubierto de grietas y de musgo se estudia el carácter de laépoca en que se
construy y no sé cuántas cosas más, según es fama.
La verdad es, sin que importe el cómo, que don Pelegrín se hizo amigomío, y que raro es el día en que no
me echa un párrafo de historiaantigua, apenas entro en el café, su morada habitual desde las tres dela tarde
hasta las ocho de la noche, y me siento en mi rincnpreferido Y ahora recuerdo que la coincidencia de
buscar los dos elángulo más apartado, á la vez que el sofá más mullido del café, dióorigen á nuestro
conocimiento.
Comenzó el buen señor por aburrirme muchas veces, hablándome de laguerra
del francés
, como él dice, y del Duque de Wellington. Hablábametambién á cada paso de la política del Rey y de
los puntales del Tesoro,del pingüe resultado de los
gremios
y qué sé yo de cuántas cosasmás; y haciendo sus aplicaciones á las modernas doctrinas y al
presentesistema administrativo, sacaba las consecuencias que le daba la gana,porque yo á todo atendía
menos á contradecirle. Pero comenzó un día áhablarme del Santander de sus tiempos y de las
costumbres de sujuventud, y sin darme cuenta de lo que me sucedía, halléme con que meiba
interesando el viejo don Pelegrín. ¿Y cómo no interesarme si es lamejor crónica del pueblo, la única tal
vez que nos queda? Desde entoncesestreché más mi trato con él, y di en agobiarle á preguntas. Pero
elbendito señor, sea efecto de sus años ó de su carácter vehemente, tienela costumbre de comentar todo
lo que dice y de meterse á filosofar y áhacer digresiones sobre la cosa más trivial; de suerte que nunca
pudeobtener un cuadro exacto y bien detallado del Santander de antaño, talcomo yo le quería para
dársele á mis lectores, seguro de que me leagradecerían como una curiosidad. Lo más acabado que
salió de sudescriptivo-crítico ingenio, es lo que ustedes van á leer (si tantahonra quieren dispensarme).
Malo bueno, ello es de la propiedad de don Pelegrín, y en él declinomi responsabilidad.
II
Después de un vago preámbulo, exclamó así el buen señor:
—Mire usted, amigo mío: yo no estoy literalmente reñido con esabatahola infernal, con ese
movimiento que forma hoy la base de lasociedad en que ustedes viven, no señor: comprendo
perfectamente todo loque vale y el caudal inmenso de ilustración que representa; pero esto nopuede
satisfacer las humildes ambiciones de un hombre de mis años.Desengáñese usted, yo no puedo menos
de recordar con entusiasmo aquellascostumbres rancias, tan ridiculizadas por los modernos
reformistas:ellas me nutrieron, entre ellas crecí y á ellas debo lo poco que valgo yel fundamento de esta
familia que hoy me rodea, y, aunque montada á lamoderna, respeta mis
manías
, como ustedes dicen, y me permite vivircincuenta años más atrás que ella. No tengo inconveniente en
decirlo:mis vigilias, mis anhelos, todos mis afanes materiales han sido y aunson para mis hijos; pero lo
demás. Ah!; lo demás, incluso el traje,como usted está viendo, todo lo rindo en honor de aquellos
felicestiempos de mi juventud.
Dicho lo cual sin resollar y con visible emoción, don Pelegrín, como decostumbre, disertó sobre la
sencillez de las costumbres de sus tiempos,afanándose por convencerme de que eran mucho más
recomendables que lasnuestras, con la cual intención, asegurándome que la historia de loshombres de
entonces, socialmente considerados, era,
plus minusve
, unamisma en cada categoría, trazóme de la suya lo que
ad pedem literae
voy á copiar:
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