para venir a esta soledad como aun convento, ¡había de entregarme a un señorito de
pueblo, capazúnicamente de entusiasmar a las lugareñas!... ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!...
Y reía con una risa cruel, con carcajadas incisivas y sardónicas queparecían
penetrar en las carnes de Rafael, estremeciéndole con sufrialdad. El joven bajaba la
cabeza; agitábase su pecho con un penosoestertor, como si le ahogase el llanto al no
encontrar salida en aquelcuerpo varonil. La emoción de Rafael, abrumado por aquella
crueldad,enterneció a Leonora, haciéndola cambiar de tono.
Se aproximó al joven, casi se pegó a él, y agarrándole la barba con susfinas manos,
le obligo a levantar la cabeza.
—¡Ay! ¡Cuán mala soy! ¡Qué cosas le he dicho a este pobre niño! A ver,levante
usted la cabeza; míreme de frente; diga que me perdona... ¡Estamaldita manía de no
callarme nada! Le he ofendido... no diga usted queno le he ofendido; pero no haga
usted caso; lo que he dicho sólo sontonterías. ¡Qué modo de agradecer lo que usted
hizo por mí aquellanoche!... No: ¡pero si usted es muy guapo... y muy distinguido... y
haráusted una gran carrera política!... Será usted un personaje y se casaráen Madrid
con una muchacha elegantísima. Se lo aseguro... Pero hijo; enmí no piense usted;
seremos amigos, nada más que amigos... ¿Pero llorausted? Vamos... béseme la mano,
se lo permito... como en aquella noche:así. Yo sólo podría ser de usted por el amor,
pero ¡ay! nunca llegaré aenamorarme del atrevido Rafaelito. Soy vieja ya: en fuerza
de gastar elcorazón, creo que no le tengo... ¡Ay, pobrecito bebé mío! Lo
sientomucho... pero ha llegado usted tarde.
En la plazoleta que formaban frente a la casa azul los altos y tupidosrosales,
erguíanse cuatro palmeras que, abandonadas muchos años, dejabancolgar las secas
ramas como miembros muertos debajo de las palmasnuevas, arrogantes y rumorosas.
Hundidos en el follaje de los rosales, ala entrada de la plazoleta, había dos bancos
antiguos de mampostería,blanqueados con cal, con el asiento y el respaldo de viejos
azulejosvalencianos de una transparencia aterciopelada, en la que resaltaban
losfloreados arabescos, los caprichos multicolores de una fabricaciónheredada de los
árabes.
Eran bancos con la elegancia de líneas de un sofá del pasado siglo,frescos y de
saludable dureza, en los que gustaba sentarse Leonora porlas tardes, cuando las
palmeras extendían su sombra en la plazoleta.
