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Gatsby
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suciasfaldas de la miseria. Por la noche salía de casa pretextando necesidadesdel
partido y le veían entrar en los arrabales buscando jornaleras deformas desbaratadas
por la maternidad, a cuyos maridos enviaba conantelación a trabajar en sus huertos.
Compraba a docenas zapatos demujer; pagaba en las tiendas pañuelos y refajos que al
día siguienteeran ostentados en las afueras de la ciudad. Los más
entusiastascorreligionarios, sin perder el tradicional respeto, hablaban sonriendode sus
debilidades, y señalaban un sinnúmero de arrapiezos del arrabalmorenotes, fuertes y
ceñudos, como si fueran una reproducción delquefe. Por la noche, cuando don
Ramón, rendido por la lucha con elinsaciable demonio que le arañaba las entrañas,
roncaba dolorosamentecon un estertor que silbaba en sus pulmones y un reguero de
baba en lostristes bigotes, doña Bernarda, incorporada en la cama, los flacosbrazos
sobre el pecho, le miraba ceñuda, con unos ojos que parecíanapuñalarle y rogaba
mentalmente:
—¡Señor! ¡Dios mío! ¡Que se muera pronto este hombre! ¡Que acabe tantoasco!
Y el Dios de doña Bernarda debió oírla, pues su marido marchabarápidamente hacia
la muerte, pero como un convencido, sin retroceder nisentir miedo, impulsado por
aquella llama que le consumía; sinpreocuparse de la pérdida de sus fuerzas y de la tos
que sonaba como untrueno lejano, arrastrándose pavorosamente por las cavernas de
su pecho.
—Cuídese usted, don Ramón,—decían los curas amigos, únicos que osabanaludir a
los desórdenes de su vida.—Va usted haciéndose viejo y a suedad, vivir como un
joven, es llamar a la muerte.
Sonreía el cacique, orgulloso en el fondo de que los hombres conocieransus
hazañas, y volvía a sumirse en su rabiosa hidropesía, sintiendo quecada trago de
placer le quemaba con nuevos deseos.
Aún acarició a su hijo el día que le vio entrar en el patio, escoltadopor don Andrés,
con el título de abogado. Le regaló su escopeta, unaverdadera joya, admirada por todo
el distrito, y un magnífico caballo. Ycomo si sólo esperase ver cumplido el deseo del
viejo Brull, que él nosupo realizar, a los pocos días lanzó su última tos,
sonaronquejumbrosamente todas las campanas de la ciudad, salió con una orlanegra
de a palmo el semanario del partido, y de todo el distrito llególa gente como en
procesión, para ver si el cadáver del poderoso donRamón Brull, que sabía detener o
acelerar el curso de la justicia en latierra, se pudría lo mismo que los despojos de los
demás hombres.
III
Cuando doña Bernarda se vio sola y dueña absoluta de su casa, no pudoocultar su
satisfacción.
 

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