conocía todos los rincones del mundo. Nada de Nizani de las otras ciudades de la
Costa Azul, bonitas, coquetas, empolvadasy pintadas como una dama que sale del
tocador. Encontrarían en ellasdemasiada gente. Venecia les convenía más. Pasearían
por los estrechoscanales, solitarios y silenciosos, tendidos en la camareta de
lagóndola, acariciándose entre risas, compadeciendo a los que pasasen lospuentes sin
adivinar que por bajo de sus pies se deslizaba el amor...
Pero Venecia es triste; cuando la lluvia se decide a caer, no se cansanunca. Mejor
era Nápoles; sí, Nápoles. ¡Viva! Y Leonora agitaba lasmanos como queriendo
aplaudir su idea. La vida al sol, la libertad,amarse con el mismo impudor sublime de
los lazaronis que vivendesnudos y se reproducen en la acera. Ella tenía allá en el
Posilippouna pequeña casa, un villino de color de rosa, una bicoca con unjardín de
higueras nopales y pinos parasoles, que bajaba en rápidapendiente desde el
promontorio hasta el mar. Pescarían en el golfo tersoy azul como un inmenso espejo,
y a la caída de la tarde, mientras élvolviese los remos, ella cantaría mirando el mar
inflamado por el sol alhundirse en las aguas, el penacho del Vesubio de tonos
morados, lainmensa ciudad blanca con sus infinitas vidrieras como placas de
oro,reflejando el crepúsculo.
Corretear como dos bohemios por los innumerables pueblecillos blancos dela ribera
del golfo; besarse en pleno mar entre las barcas pescadoras,de las que salen romanzas
apasionadas; pasar la noche al aire libre,abrazados sobre la arena, oyendo a lo lejos la
risa de perlas de lasmandolinas como aquella noche escuchaban al ruiseñor... ¡Dios
mío! ¡quéhermoso!
Y hasta el amanecer estuvieron fantaseando sobre el porvenir, arreglandotodos los
detalles de la fuga.
Ella partiría cuanto antes; él iría a su encuentro dos días despuéscuando hubiese
renacido la confianza y todos la creyeran lejos, muylejos. ¿Dónde se encontrarían?
Primero pensaron en Marsella, pero erademasiado lejos. Después en Barcelona.
Regateaban las horas y losminutos. Les parecía intolerable pasar varios días sin verse.
Cuantoantes se reuniesen, mejor, lo importante era salir de la ciudad. Yacabaron por
decidir que se reunirían lo más cerca posible: en Valencia.El amor gusta de la
audacia.
Acababan de almorzar entre las maletas y las cajas, que ocupaban unagran parte de
la habitación de Leonora en el hotel de Roma.
Por primera vez se sentaban en la mesa juntos en familiar intimidad, sinotro testigo
que Beppa, la fiel doncella, acostumbrada por la azarosavida de su señora a toda clase
