Estaba cogido en la estela de seducción, en aquel torbellino de amor queseguía a la
artista por todas partes, aprisionando a los hombres,arrojándoles al suelo
quebrantados y sin voluntad, como siervos de labelleza.
—Temprano nos vemos hoy: buenos días, Rafaelito... Madrugo por ver elmercado.
De niña era para mí un acontecimiento la llegada del miércoles.¡Cuánta gente!
Y Leonora, olvidada ya de las aglomeraciones de las grandes ciudades, seadmiraba
ante la confusión de gente que se agita en la plaza llamada delPrado, donde todos los
miércoles se verificaba el gran mercado deldistrito.
Llegaban los labradores, con la faja abultada por los cartuchos dedinero, a comprar
lo que necesitaban para toda la semana allá en sudesierto, rodeado de naranjos; iban
de un puesto a otro las hortelanas,elegantes y esbeltas cual campesinas de opereta,
peinadas comoseñoritas, con faldas de batista clara que, al recogerse, dejaban
aldescubierto las medias finas y los zapatos ajustados. El rostro tostadoy las manos
duras era lo único que delataba la rusticidad de aquellasmuchachas a quienes un
cultivo riquísimo hacía vivir en la abundancia.
A lo largo de las paredes cloqueaban las gallinas, atadas en racimos;amontonábanse
las pirámides de huevos, de verduras y frutas y en lastiendas portátiles de los pañeros
extendíanse las fajas de colores, laspiezas de percal e indiana y el negro paño, eterno
traje de todoribereño. Fuera del Prado, los labriegos buscaban en Alborchí el
mercadode los cerdos, o probaban caballerías en el Hostal Gran. Era la comprade
todo lo necesario para la semana; el día destinado a los negocios; lallegada en masa de
la población de los huertos, para pedir dinero a losprestamistas o devolvérselo con
creces; repoblar el gallinero, comprarel cerdo, cuya creciente obesidad había de seguir
con ansia la familia oadquirir a plazos el rocín, motivo de inquietud y de desesperado
ahorro.
La muchedumbre, oliendo a sudor y a tierra, agitábase en el mercado,bajo la luz de
los primeros rayos del sol. Se abrazaban las hortelanasal encontrarse, y con la cesta en
la cadera metíanse en la chocolateríaa celebrar el encuentro; los labriegos formaban
corro, y de vez encuando iban a beber una copa de aguardiente dulce para tomar
fuerzas. Ypor entre medio de esta invasión rústica, pasaba la gente de la ciudad;los
burguesillos de arregladas costumbres con una capa vieja y un enormecapazo, en el
que metían las provisiones, después de regatearlastenazmente; las señoritas que veían
en el mercado de los miércoles algoextraordinario que alegraba la monotonía de su
existencia; losdesocupados que pasaban horas enteras de pie, junto al puesto de
unvendedor amigo, curioseando lo que cada cual llevaba en su cesta,murmurando de
la avaricia de unos y de la generosidad de otros.
