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Entre Naranjos

En uno de ellos leía la sencilla doña Pepita la historia del santo deldía, ayudada por
unas antiguas gafas con montura de plata. Beppa ladoncella, escuchábala atenta para
comprender todas las palabras, conuna admiración respetuosa de muchacha de la
campiña romana familiarizadacon la devoción desde sus primeros años.
En el otro banco estaban Leonora y Rafael. La artista, con la cabezabaja, seguía el
movimiento de sus manos, ocupadas en la confección deuna de esas labores que sólo
sirven para pasar más fácilmente el tiempoengañando la atención.
Rafael la encontraba cambiada por los meses de ausencia. Vestía consencillez,
como una señorita de la ciudad; su cara y sus manos, tanblancas antes, habían tomado
con la continua caricia, del sol unatransparencia dorada de trigo maduro; los dedos
mostrábanse en toda suesbeltez libres de sortijas, y en el lóbulo sonrosado de las
orejas, lossutiles agujeros no soportaban el peso como otras veces de la gruesamasa
de brillantes.
—Estoy hecha una campesina, ¿verdad?—dijo como si leyera en los ojosde Rafael
el asombro por aquel cambio.—La vida del campo obra estosmilagros: un día un
adorno, mañana otro, va una despojándose de todo loque antes era como una parte del
cuerpo. Me siento mejor así... ¿Creeráusted que hasta tengo abandonado mi tocador y
allí se pierden cuantosperfumes traje? Agua fresca, mucha agua... eso es lo que me
gusta. ¡Cuánlejos está ya aquella Leonora que había de pintarse todas las nochescomo
un payaso para mostrarse al público! Míreme usted bien: ¿cómo meencuentra? ¿No es
verdad que parezco una de sus vasallas? De seguroque si salgo esta mañana a darle
vivas en la estación, no me reconoceentre los grupos.
Rafael intentó decir que la encontraba más hermosa que antes, y así locreía de
buena fe. La veía más cerca de su persona: era como sidescendiese de su altura para
aproximarse a él. Pero Leonora, adivinandosus palabras y queriendo evitarlas, se
apresuró a seguir hablando.
—No diga usted que le gusto más así. ¡Qué disparate! ¡ahora que vieneusted de
Madrid, de ver un mundo que no conocía!... Pero en fin; a mí megusta esta sencillez y
lo que me importa es agradarme a mí misma. Hasido una transformación lenta, pero
irresistible: el campo me hasaturado con su calma; se me ha subido a la cabeza como
una embriaguezmansa y dulce, y duermo y duermo, siguiendo esta vida animal,
monótona ysin emociones, deseando no despertar nunca. ¡Ay Rafaelito! Como
noocurra algo extraordinario y el diablo tire de la manta, me parece queaquí me quedo
para siempre. Pienso en el mundo como un marino piensa enel mar cuando se ve en su
casa; después de un viaje de continuostemporales.
—Sí, quédese usted—dijo Rafael.—No puede usted figurarse el miedo quehe
pasado en Madrid, pensando si la encontraría o no al volver.
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