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Entre Naranjos

Leonora se volvió. Había cogido una naranja y abría su piel con lassonrosadas y
largas uñas.
—¿Mañana?—dijo sonriente.—Todo llega por fin... Que tenga ustedgrandes éxitos,
señor diputado.
Y acercando a su boca el perfumado fruto, clavaba en la dorada carne susdientes
blancos y brillantes. Cerraba los ojos con delicia, comoembriagada por la tibia
dulzura del jugo. Crujían los gajos entre susdientes, y el líquido de color de ámbar
rezumaba, cayendo a gotas por lacomisura de los labios carnosos y rojos.
Rafael estaba pálido y tembloroso como si le agitase un propósitocriminal.
—¡Leonora! ¡Leonora!... ¿Y he de marcharme así?
Le enloquecía aquella boca impregnada de miel, y de repente,disparándose en él la
pasión contenida y sujeta por el miedo, seabalanzó sobre la artista, la agarró las
manos y buscó ávido sus labios,como si pretendiera beber el zumo que se deslizaba
hasta la redondabarbilla.
—¡Eh! ¿Qué es esto, Rafael?... ¿Qué atrevimientos se permite usted?
Y con sólo un impulso de sus soberbios brazos envió al tembloroso jovencontra el
naranjo, haciéndole vacilar sobre sus pies. Quedó el jovencabizbajo y como
avergonzado.
—Ya ve usted que soy fuerte—dijo Leonora con voz algo temblona por laira.—
Nada de juegos o saldrá usted perdiendo.
Después de una larga pausa, Leonora pareció reponerse de aquellaimpresión y
acabó riendo ante el aspecto avergonzado del joven.
—¡Pero qué niño este!... ¿Es manera de despedirse de los amigos la queusted usa?...
Tonto, fatuo; ¡cuán poco me conoce usted! Querer tomarme amí por la fuerza, ¡a mí!
la mujer inexpugnable cuando no quiero, porquien se han muerto los hombres, sin
poder conseguir ni un beso en lamano. Márchese usted mañana, Rafael. Seremos
amigos... Pero por si hemosde volver a vernos no olvide usted lo que le digo.
Acabemos de una vezcon todas estas tonterías. No se fatigue; yo no puedo ser suya.
Estoycansada de los hombres; tal vez los odio. Yo he conocido a los máshermosos, a
los más elegantes, a los más ilustres. He sido hasta reina;reina de la mano izquierda,
como dicen los franceses, pero tan dueña dela situación, que a haber querido meterme
en tales vulgaridades,hubiese cambiado ministerios y trastornado países. Hombres
famosos enEuropa por su elegancia y sus locuras, han caído a mis pies y los hetratado
como chiquillos. Me han envidiado y odiado las damas máscélebres, copiando mis
trajes y mis gestos. Y cuando cansada de esteCarnaval brillante le he dicho ¡adiós!
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