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Entre Naranjos

poderoso como Dios en todo lo que tocase a Alcira, y únicocapaz de domar aquel
monstruo que desarrollaba sus ondulantes anillos deolas rojizas.
Llovía día y noche, y sin embargo, la ciudad, por su animación, parecíaestar de
fiesta. Los muchachos, emancipados de la escuela por el maltiempo, iban a los
puentes a arrojar ramas para apreciar la velocidad dela corriente, o descendían por las
callejuelas vecinas al río paracolocar señales, aguardando que la lámina de agua,
ensanchándose,llegase hasta ellas.
La gente de los cafés se deslizaba por las calles al abrigo de losgrandes aleros,
cuyas canales rotas vomitaban chorros como brazos, ydespués de mirar al río, bajo el
débil abrigo de sus paraguas, volvíanmuy ufanos, parándose en todas las casas, para
dar su opinión sobre lacrecida.
Era una de pareceres, discusiones ardorosas y diversas profecías, queagitaban la
ciudad de un extremo a otro, con el calor y la vehemencia dela sangre meridional. Se
disputaba, se enfriaban amistades, por si enmedia hora el río había subido cuatro
dedos o uno solo; y faltaba pocopara venir a las manos por si esta riada era más
importante que laanterior.
Y mientras tanto el cielo, llorando incesantemente por sus innumerablesojos; el río
hinchándose de rugiente cólera, lamiendo con sus lenguasrojas la entrada de las calles
bajas, asomábase a los huertos de lasorillas y penetraba por entre los naranjos,
después de abrir agujeros enlos setos y en las tapias.
La única preocupación era si llovería al mismo tiempo en las montañas deCuenca.
Si bajaba agua de allá, la inundación sería cosa seria. Y loscuriosos hacían esfuerzos
al anochecer por adivinar el color de lasaguas, temiendo verlas negruzcas, señal cierta
de que venían de la otraprovincia.
Cerca de dos días duraba aquel diluvio. Cerró la noche y en laobscuridad sonaba
lúgubre el mugido del río. Sobre su negra superficiereflejábanse, como inquietos
pescados de fuego, las luces de las casasribereñas y los farolillos de los curiosos que
examinaban las orillas.
En las calles bajas, el agua, al extenderse, se colaba por debajo de laspuertas. Las
mujeres y los chicos refugiábanse en los graneros, y loshombres, arremangados de
piernas, chapoteaban en el líquido fangoso,poniendo en salvo los aperos de labranza,
o tirando de algún borriquilloque retrocedía asustado, metiéndose cada vez más en el
agua.
Toda aquella gente de los arrabales, al verse en las tinieblas de lanoche, con la casa
inundada, perdió la calma burlona de que había hechoalarde durante el día. La
dominaba el pavor de lo sobrenatural y buscabacon infantil ansiedad una protección,
un poder fuerte que atajase elpeligro. Tal vez esta riada era la definitiva. ¿Quién sabe
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