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Entre Naranjos

Un ligero rumor semejante al aleteo de dos moscas turbaba el profundosilencio de
la casa. El diputado miró al único balcón que estabaentreabierto. Su madre y don
Andrés hablaban en el comedor: se ocuparíande él como siempre. Y cual si temiera
ser llamado, perdiendo en uninstante el bienestar de la soledad, abandonó el patio,
saliendo a lacalle.
Las dos de la tarde. Casi hacía calor, aunque era el mes de Marzo.Rafael, habituado
al viento frío de Madrid y a las lluvias de invierno,aspiraba con placer la tibia brisa
que esparcía el perfume de loshuertos por las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.
Años antes había estado en Italia con motivo de una peregrinacióncatólica: su
madre le había confiado a la tutela de un canónigo deValencia, que no quiso volver a
España sin visitar a don Carlos, yRafael recordaba las callejuelas de Venecia, al pasar
por las calles dela vieja Alcira, profundas como pozos, sombrías, estrechas,
oprimidaspor las altas casas, con toda la economía de una ciudad que, edificadasobre
una isla, sube sus viviendas conforme aumenta el vecindario y sólodeja a la
circulación el terreno preciso.
Las calles estaban solitarias. Se habían ido a los campos los que horasantes las
llenaban en ruidosa manifestación. Los desocupados seencerraban en los cafés, frente
a los cuales pasaba apresuradamente eldiputado, recibiendo al través de las ventanas
el vaho ardiente en quezumbaban choques de fichas y bolas de marfil, y las animadas
discusionesde los parroquianos.
Rafael llegó al puente del Arrabal, una de las dos salidas de la viejaciudad edificada
sobre la isla. El Júcar peinaba sus aguas fangosas yrojizas en los machones del
puente. Unas cuantas canoas balanceábanseamarradas a las casas de la orilla. Rafael
reconoció entre ellas labarca que en otro tiempo le servía para sus solitarias
excursiones porel río, y que, olvidada por su dueño, iba soltando la blanca capa
depintura.
Después se fijó en el puente; en su puerta ojival, resto de las
antiguasfortificaciones; en los pretiles de piedra amarillenta y roída como sipor las
noches vinieran a devorarla todas las ratas del río, y en losdos casilicios que
guardaban unas imágenes mutiladas y cubiertas depolvo.
Eran el patrono de Alcira y sus santas hermanas; el adorado SanBernardo, el
príncipe Hamete, hijo del rey moro de Carlet, atraído alcristianismo por la mística
poesía del culto, ostentando en su frentedestrozada el clavo del martirio.
Los recuerdos de su niñez, vigilada por una madre de devoción crédula
eintransigente, despertaban en Rafael al pasar ante la imagen. Aquellaestatua
desfigurada y vulgar era el penate de la población, y la cándidaleyenda de la
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