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Entre Naranjos

Doña Bernarda sentíase orgullosa al contemplar a su Rafael, alto, lasmanos finas y
fuertes, los ojos grandes, aguileña la nariz, la barbarizada y cierta gracia ondulante y
perezosa en su cuerpo que le daba elaspecto de uno de esos jóvenes árabes de blanco
alquicel y ricasbabuchas que forman la aristocracia indígena en las colonias de Africa.
Cada vez que volvía a su casa el estudiante, era recibido por su padrecon la misma
caricia muda. El duro había sido reemplazado por billetesde Banco, pero la garra
poderosa que se posaba sobre su cabeza,acariciábale cada vez con mayor flojedad;
pesaba menos.
Rafael, por sus ausencias, notaba mejor que los demás el estado de supadre. Estaba
enfermo, muy enfermo. Erguido como siempre, grave,imponente, hablando apenas;
pero adelgazaba, se hundían los fieros ojos,sólo quedaba de él el macizo esqueleto,
marcábanse en aquel cuello, queantes parecía la cerviz de un toro, los tendones y
arterias entre lapiel colgante y flácida, y los arrogantes mostachos, cada vez
másblancos, caían con desmayo como una bandera rota.
Al estudiante le sorprendió el gesto de ira, la mirada fiera empañadapor lágrimas de
despecho con que acogió la madre sus temores:
—Que se muera cuanto antes... ¡Para lo que hace!... Que el señor nosproteja
llevándoselo pronto.
Rafael calló, no queriendo ahondar en el drama conyugal que sedesarrollaba junto a
él, oculto y silencioso.
Aquel sombrío vividor de insaciables apetitos, entregado a una crápulaobscura y
misteriosa, atravesaba el último torbellino de sustempestuosos deseos. La virilidad, al
sentir la cercanía de la vejez,antes de declararse vencida, ardía en él con más fuerza, y
el poderosojefe se abrasaba en el postrer destello de su animalidad exuberante. Erauna
puesta de sol que incendiaba su vida.
Siempre grave y con gesto sombrío, corría el distrito como un sátiroloco, sin más
guía que el deseo; sus encuentros brutales, sus abusos deautoridad, llegaban como un
eco doloroso a la casa señorial, donde suamigo don Andrés intentaba en vano
consolar a la esposa.
—¡Pero ese hombre!—rugía iracunda doña Bernarda.—Ese hombre nos va aperder;
no mira que compromete el porvenir de su hijo.
Era un apetito loco que, en su furia, se abalanzaba sobre la frutaverde, sin sazonar.
Caían anonadadas y temblorosas ante su ardor senil,en las frondosidades de los
huertos, en los almacenes de naranja, o alanochecer, al borde de un camino, las
vírgenes apenas salidas de laniñez, casi calvas, con el pelo untado de aceite, el pecho
liso y losmiembros enjutos, tristes, con una delgadez de muchacho, bajo las
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