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Entre Naranjos

—¿Vas directamente al Casino?...—añadió.—Ahora mismo irá Andrés.
Saludó Rafael a su madre y a don Andrés, que aún quedaban a la mesasaboreando
el café, y salió del comedor.
Al verse en la ancha escalera de mármol rojo, envuelto en el silencio deaquel
caserón vetusto y señorial, experimentó el bienestar voluptuosodel que entra en un
baño tras un penoso viaje.
Después de su llegada, del ruidoso recibimiento en la estación, de losvítores y
música hasta ensordecer, apretones de manos aquí, empellonesallá, y una continua
presión de más de mil cuerpos que se arremolinabanen las calles de Alcira para verle
de cerca, era el primer momento enque se contemplaba solo, dueño de sí mismo,
pudiendo andar o detenerse avoluntad, sin precisión de sonreír automáticamente y de
acoger concariñosas demostraciones a gentes cuyas caras apenas reconocía.
¿Qué bien respiraba descendiendo por la silenciosa escalera, resonantecon el eco de
sus pasos! ¡Qué grande y hermoso le parecía el patio consus cajones pintados de
verde, en los que crecían los plátanos de anchasy lustrosas hojas! Allí habían pasado
los mejores años de su niñez. Loschicuelos que entonces le espiaban desde el gran
portalón, esperando unaoportunidad para jugar con el hijo del poderoso don Ramón
Brull, eranlos mismos que dos horas antes marchaban agitando sus fuertes brazos
dehortelanos, desde la estación a la casa, dando vivas al diputado, alilustre hijo de
Alcira.
Este contraste entre el pasado y el presente halagaba su amor propio,aunque allá en
el fondo del pensamiento le escarabajease la sospecha deque en la preparación del
recibimiento habían entrado por mucho lasambiciones de su madre y la fidelidad de
don Andrés con todos los amigosunidos a la grandeza de los Brull, caciques y señores
del distrito.
Dominado por los recuerdos, al verse de nuevo en su casa, después dealgunos
meses de estancia en Madrid, permaneció un buen rato inmóvil enel patio, mirando
los balcones del primer piso, las ventanas de losgraneros—de las que tantas veces se
había retirado de niño, advertidopor los gritos de su madre;—y al final, como un velo
azul y luminoso,un pedazo de cielo empapado de ese sol que madura como cosecha
de orolos racimos de inflamadas naranjas.
Le parecía ver aún a su padre, el imponente y grave don Ramón, paseandopor el
patio, con las manos atrás, contestando con pocas y reposadaspalabras las consultas
de los partidarios que le seguían en susevoluciones con mirada de idolatras. ¡Si
hubiera podido resucitaraquella mañana, para ver a su hijo aclamado por toda la
ciudad!...
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