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Entre Naranjos

Rafael subió, seguido por la mirada de asombro del ujier, admirado alverle en tan
seductora compañía.
Comenzó a rodar la berlina; los dos, en íntimo contacto, sintiendo elcalor de sus
cuerpos, chocando dulcemente con el suave movimiento de losmuelles.
Rafael no sabía qué decir. Le turbaba la sonrisa irónica y fría de suantigua amante;
sentíase avergonzado por el recuerdo de su brutaldespedida. Quería hablar, y sin
embargo, no sabía qué decir; le pesabaaquel usted ceremonioso con que se habían
tratado al subir al coche.Por fin se atrevió a decir tímidamente, hablando en tercera
persona:
—Encontrarnos aquí, ¡qué sorpresa!
—Llegué ayer, mañana salgo para Lisboa. Una corta detención: hablar dospalabras
con el empresario del Real; tal vez venga el próximo invierno acantar La Walkyria.
Pero hablemos de usted, ilustre orador... más biendicho de ti, porque nosotros creo
que aún somos amigos.
—Sí: amigos, Leonora... yo no he podido olvidarte.
Pero el entusiasmo con que dijo estas palabras, se desvaneció ante lafría sonrisa de
la artista.
—Amigos; eso es—dijo con lentitud:—amigos nada más. Entre nosotroshay un
muerto que nos impide aproximarnos.
—¿Un muerto?—preguntó Rafael no comprendiendo a la artista.
—Sí; aquel amor que mataste... Amigos nada más; camaradas unidos con
lacomplicidad del crimen.
Y reía con su irónica crueldad, mientras el carruaje corría por una delas avenidas de
Recoletos. Leonora miraba distraídamente el paseocentral; sus filas de sillas de hierro,
llenas de gente; los grupos deniños, que vigilados por las criadas, corrían alborozados
bajo la luzdorada y dulce de la tarde primaveral.
—Leí esta mañana en los periódicos que don Rafael Brull, de lacomisión, se
encargaría de contestar en eso de los presupuestos, yrogué a un antiguo amigo, el
secretario de la embajada inglesa, queviniese a recogerme para acompañarme al
Congreso. Este coche es elsuyo... Pobre muchacho; no te conoce, pero apenas vio que
te levantabas,emprendió la fuga... Una injusticia, porque tú no has estado mal.
Estoyasombrada. Y di, Rafael, ¿de dónde sacas todas esas cosas?
Pero Rafael no aceptaba el elogio, mirando con inquietud aquella sonrisacruel.
Además, ¿qué le importaba su discurso? Creía estar años enterosdentro de aquel
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