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Entre Naranjos

las personas sensatas, y del Cantón deCartagena, el supremo recurso de la oratoria
ministerial, una verdaderafiesta de caníbales, un horror jamás conocido en la tierra de
lospronunciamientos y guerras civiles. Se esforzaba por hacer sentir alauditorio el
terror de aquellas revoluciones, cuyo principal defecto erano haber revolucionado
nada... Y a continuación una apología entusiastade la familia cristiana, del hogar
católico, nido de virtudes ydulzuras, con tal fervor, que no parecía sino que en los
países donde noimperaba el catolicismo, eran todas las casas repugnantes lupanares
uhorrorosas cuevas de bandidos.
—Muy bien, Brull muy bien—mugía el ministro, de bruces en su pupitre,oyendo
con delicia sus propias ideas en la boca del joven.
El orador descansó un instante, paseando su mirada por las tribunas,iluminadas
ahora por las lámparas. La dama de la tribuna diplomáticahabía cesado de abanicarse,
mirándole fijamente.
Faltó poco para que Rafael se sentara de golpe, anonadado por lasorpresa.
¡Aquellos ojos!... ¡tal vez una asombrosa semejanza! Pero no;era ella, le sonreía con
la misma sonrisa burlona de los primerostiempos.
Sentía la turbación del pájaro que se revuelve en el árbol sin poderlibrarse de la
mirada magnética de la serpiente encogida junto altronco. Aquellos ojos que se
burlaban de él trastornaban todas susideas. Quiso acabar; callarse pronto: cada minuto
le parecía unsuplicio; creía oír los mudos chistes que aquella boca estaría haciendoa
costa suya.
Miró otra vez el reloj; con quince minutos más redondeaba el discurso. Yemprendió
una carrera loca, con voz precipitada, olvidando su economíade ideas para prolongar
la peroración, soltándolas todas de golpe, conel deseo de terminar cuanto antes. «El
Concordato... obligacionessagradas con el clero... sus antiguos bienes... compromisos
de estrechaamistad con el Papado, padre generoso de España... en fin, que no
podíanhacerse economías ni por valor de un céntimo y que la comisión sosteníael
presupuesto sin reforma alguna».
Al sentarse, sudoroso, conmovido, restregándose con fuerza elcongestionado rostro,
los compañeros del banco le felicitaron,tendiéndole las manos. «Era todo un orador;
debía lanzarse; hablar más;tenía condiciones».
Y del banco de abajo venía el mugido del ministro:
—Muy bien, muy bien. Ha dicho usted lo mismo que hubiera dicho yo.
El viejo revolucionario se levantaba para hacer una corta rectificación,repitiendo las
mismas afirmaciones de antes que no habían sidocontestadas.
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