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Entre Naranjos

viaje, el saco de mano, el sombrero y el velo para arreglarse sintardanzas ni
vacilaciones, apenas se presentase Rafael, jadeante ycansado por el retraso.
Y el amante sin venir... Sintió impulsos de salir en su busca; pero¿dónde
encontrarle? Desde niña no había estado en la ciudad, desconocíasus calles, podía
cruzarse, sin saberlo, con Rafael, vagar errantemientras él la esperase en el hotel.
Mejor era aguardar.
Acababa el día. En el cuarto extendíase la sombra del crepúsculo,confundiendo los
objetos. Volvió al balcón trémula de impaciencia,triste, como la luz violeta que se
difundía por el cielo, con vetasrojas que reflejaban el sol poniente. Iban a perder el
tren; tendríanque aguardar hasta el día siguiente. Un contratiempo que trastornaba
laseguridad de su huida.
Volviose con nervioso movimiento al oír que la llamaban desde la puertade la
habitación:
Signora, una lettera.
¡Una carta para ella!... La tomó febril de la mano del camarero, ante lamirada vaga
y sin expresión de la doncella, sentada sobre las maletas.
Le temblaban las manos. El recuerdo de Hans Keller, el artista ingratosurgió
repentinamente en su memoria. Buscó una bujía en su alcoba yacabó por volver al
balcón, examinando la carta a la luz del crepúsculo.
Su letra en el sobre; pero portentosa, penosa, como arrancada conesfuerzo. Sentía
toda su sangre replegarse en el corazón; leía con elansia del que quiere apurar de un
golpe toda la amargura y saltabarenglones, adivinándolos.
«Mi madre muy enferma... voy allá por unos días nada más... mi deber dehijo...
pronto nos veremos»; y las cobardes excusas de costumbre parasuavizar la rudeza de
la despedida; la promesa de reunirse con ella tanpronto como le fuese posible; los
juramentos apasionados, afirmando queera la única mujer que amaba en el mundo.
Pasó como un relámpago por su voluntad el propósito de salir en seguidapara
Alcira aunque fuese a pie; quería avistarse con Rafael, arrojarleal rostro aquella carta,
abofetearle, batirse.
—¡Ah, el miserable! ¡el infame!—rugía.
Y la doncella, que acababa de encender luz, vio a su señora pálida, conuna blancura
mate, los ojos desmesuradamente abiertos, los labioslívidos, andando erguida con
dolorosa tensión, como si no moviese lospies, como si la empujara una mano
invisible.
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