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Entre Naranjos

de sorpresas, y que contemplaba a Rafaelcon respetuosa sonrisa, como un ídolo nuevo
con el que debía compartirla devota sumisión que sentía por Leonora.
Era el primer momento de tranquilidad y alegría que había tenido eljoven en
algunos días. El antiguo hotel con sus habitaciones grandes, dealto techo; sus
corredores en discreta penumbra y su calma conventual,le parecía un lugar de
delicias, un ameno retiro en el que seconsideraba libre ya de las murmuraciones y
luchas que le habíanoprimido como un círculo infernal. Además, sentía allí ese
vientoexótico que parece soplar en los puertos y las grandes estaciones deferrocarril.
Todo le hablaba de la fuga, de la incógnita y deliciosaocultación en aquel país tan
calurosamente descrito por Leonora, desdelos macarrones del almuerzo y el Chianti
en empajada y ventruda redoma,hasta el castellano defectuoso y musical de los
dueños del hotel,carnosos hombretones con enormes bigotes que recordaban
lostradicionales mostachos de la casa de Saboya.
Leonora le había citado allí, en el refugio predilecto de los artistas,que aislado de la
circulación, ocupa todo un lado de una plazasolitaria, señorial y tranquila, sin más
ruidos que los gritos de loscocheros de alquiler y las patadas de los caballos.
Había llegado en el primer tren de la mañana, sin equipaje alguno, comoun colegial
que se fuga con solo lo puesto. Los dos días transcurridosdesde que Leonora
abandonó la ciudad, habían sido de tormentos para él.La gente comentando la huida
de la cantante; escandalizándose de suinmenso equipaje que, agrandado por la
imaginación de los murmuradores,llenaba no se sabía cuántos carros.
Esto quien lo sabía bien era el barbero Cupido, que, cual de costumbre,había
corrido con todo el servicio del equipaje. Sabía a dónde habíadirigido su vuelo aquella
mujer peligrosa, y lo decía a todos. Volvía aItalia. El mismo había facturado para la
frontera todo el equipajegrueso, mundos enormes como casas, cajones donde podía
ocultarsecómodamente él con sus pelados mancebos. Y las mujeres,
oyéndole,celebraban aquella huida como si las librase de un gran peligro.
¡Vayabendita de Dios!
Rafael, después de la partida de su amante, apenas salió a la calle. Lemolestaba la
curiosidad de la gente, la conmiseración burlona de losamigos que envidiaban su
pasada felicidad y permaneció dos días en sucasa, seguido por la mirada interrogante
de su madre. Doña Bernardamostrábase más tranquila al verle libre de la maléfica
influencia de laartista, pero sin abandonar por esto su gesto ceñudo, como avisada
porel instinto maternal que aún presentía el peligro.
El joven estaba agitado por la impaciencia de la fuga. Le parecíaintolerable
permanecer allí mientras ella estaba sola, aislada en uncuarto de hotel, aguardando
con igual impaciencia el momento de lareunión.
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