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Entre Naranjos

—¡Cansarme de ti!... ¡Cuando jamás me he sentido tan triste como estanoche!...
Crees que ansío mi antigua vida, y al alejarme siento lo mismoque si entrase en un
lugar de tormento... ¡Ay, dueño mío, mi alma!... Túno comprenderás nunca hasta
donde he llegado en mi amor.
—¿Pues entonces?
Y en su afán irresistible de decirlo todo, de no perdonar el relato deninguno de los
peligros que sobrevendrían tras la separación, Rafaelhabló de su madre, de lo que
ocurriría al quedar solo con ella sumido enla monotonía de la ciudad. ¿Creía ella que
todo era cariño en laindignada oposición de su madre? Le quería, sí; era su hijo único;
peroen sus cálculos entraba por mucho la ambición, aquel afán por
elengrandecimiento de la casa, que había ocupado toda su existencia. Letenía
destinado, sin consultar su voluntad, a servir de rehén en laalianza que meditaba con
una gran fortuna. Quería casarle: y si ellapartía, si se veía solo, abandonado, la tristeza
y el tiempo que todo lopueden, morderían su voluntad, hasta hacerle caer inerte,
entregándosecomo una víctima que en su aturdimiento no abarca la importancia
delsacrificio.
Ella le escuchaba estremecida; con los ojos desmesuradamente abiertospor el terror.
Acudían en tropel a su memoria palabras sueltas que endías anteriores habían llegado
hasta ella y la demostraban ahora lacerteza de lo que decía su amante... ¡Rafael
destinado por su madre aotra mujer!... ¡encadenándose para siempre si ella partía!...
—Y yo no quiero, ¿sabes Leonora?—continuó el amante con tranquilafirmeza—Yo
sólo soy tuyo, sólo te amo a ti. Prefiero seguirte por elmundo, aunque no quieras; ser
tu criado, verte... hablarte, mejor queenterrar aquí mi desesperación bajo millones.
—¡Ah, niño! ¡niño mío!... ¡Cómo me quieres! ¡Cómo te adoro!
Y cayó sobre él frenética de pasión, impetuosa, loca, apresándole entresus brazos
como una fiera. Rafael se sintió acariciado con un ardor quecasi le dio miedo;
envuelto en una espiral de placer que no tenía fin.Estremeciose empujado,
descoyuntado, arrollado por una ola tanvoluptuosa, tan inmensa que le hacía daño.
Creyó morir desmenuzado,hecho polvo sobre aquel cuerpo que le agarrotaba,
absorbiéndole con lafiera voracidad de esas simas lóbregas donde desaparecen de un
golpe lostorrentes sin dejar una gota de su avalancha tumultuosa. Ydesfalleciendo sus
sentidos en aquel tembloroso ofuscamiento, cerró losojos.
Cuando volvió a abrirlos vio la habitación en la obscuridad, sintió ensus espaldas la
blandura del lecho y bajo su nuca un brazo mórbido quele sostenía cariñosamente.
Leonora le hablaba al oído con la lentituddel cansancio.
Convenidos. Huirían juntos, irían a continuar su dúo de amor donde nadieles
conociera, donde la envidia y la vulgaridad no turbasen su dulceexistencia. Leonora
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