Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

Entre Naranjos

Llevaba más de una semana de dulce embriaguez. Jamás había creído que lavida
fuese tan hermosa. Vivía en una dulce inconsciencia. La ciudad noexistía para él. Le
parecían fantasmas todos los que le rodeaban; sumadre y Remedios eran como seres
invisibles a cuyas palabras contestabasin tomarse el trabajo de levantar la cabeza para
verlas.
Pasaba los días agitado por el vehemente deseo de que llegase pronto lanoche, que
terminase la cena en familia, para subir a su cuarto y salirdespués cautelosamente,
apenas quedaba silenciosa la casa, con la calmadel sueño.
No adivinaba la extrañeza que esta conducta debía producir en su madre,al ver
cerrado su cuarto toda la mañana mientras él dormía con la fatigade una noche de
amor. No se fijaba en el rostro ceñudo de doña Bernarda,cansada ya de preguntarle si
estaba enfermo y de oír la misma respuesta:
—No, mamá; es que trabajo de noche; un estudio importante.
La madre tenía que contenerse para no gritar: ¡Mentira! por dos nocheshabía subido
a su cuarto, encontrando cerrada la puerta y obscuro el ojode la cerradura. Su hijo no
estaba allí. Le vigilaba, y todos los díaspoco antes del amanecer, escuchaba cómo
abría suavemente la puerta de lacalle y subía las escaleras quedamente, tal vez
descalzo.
La austera señora callaba amontonando en silencio su indignación,lamentándose
ante don Andrés de aquel retoñamiento de locura quetrastornaba sus planes. El
consejero vigilaba al joven por medio de susnumerosos devotos que le seguían
cautelosamente por la noche hasta lacasa azul.
—¡Qué escándalo!—exclamaba doña Bernarda.—¡De noche también! ¡Acabarápor
traerla a esta casa! ¿Pero es que esa boba de doña Pepita no ve nadade esto?
Y Rafael, insensible al ambiente de indignación que se formaba en tornode él; sin
dignarse siquiera dirigir una palabra, una mirada a la pobreRemedios que, cabizbaja
como una cabrita enfurruñada, parecía llorar elrecuerdo de aquellos paseos
regocijados bajo la vigilancia de doñaBernarda.
El diputado no veía nada fuera de la casa azul; le cegaba su felicidad.Lo único que
le molestaba era tener que ocultarla, no poder hacerpública su dicha para que se
enterasen de ella todos sus admiradores.
Hubiera querido transportarse de un golpe a la decadencia romana, dondelos
amores de los poderosos tomaban la majestad de la pública adoración.
—¡Qué me importa lo que murmuren!—decía una noche en el dormitorio
deLeonora a donde subía cautelosamente todas las noches.—Mira si tequiero, que
Remove