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Entre Naranjos

Rafael también se sentía trastornado. La tenía apoyada en su pecho, unamano entre
las suyas; floja, desmayada, sin voluntad, incapaz deresistencia, y, sin embargo, no
sentía el ardor brutal de aquellamañana, no osaba moverse por el temor de parecer
audaz y bárbaro. Leinvadía una inmensa ternura; sólo ambicionaba pasar horas y
horas encontacto con aquel cuerpo, estrechándolo fuertemente, cual si quisieraabrirse
y encerrar dentro de él a la mujer adorada, como el estucheguarda la joya.
La hablaba misteriosamente al oído, sin saber casi lo que decía;murmuraba en su
sonrosada oreja palabras acariciadoras que le parecíandichas por otro y le estremecían
al decirlas con escalofríos de pasión.
Sí, era verdad; aquella noche era la soñada por el gran artista: lanoche de bodas del
arrogante Mayo con su armadura de flores y lasonriente Juventud. El campo se
estremecía voluptuosamente bajo la luzde la luna; y ellos, jóvenes, sintiendo el
revoloteo del amor en tornode sus cabellos estremecidos hasta la raíz, ¿qué hacían
allí, ciegosante la hermosura de la noche, sordos al infinito beso que resonaba entorno
de sus cabezas?
—¡Leonora! ¡Leonora!—gemía Rafael.
Se había deslizado del banco: estaba casi sin saberlo, arrodillado anteella, agarrado
a sus manos y avanzaba el rostro, sin atreverse a llegarhasta su boca.
Y ella, echando atrás el busto con desmayo, murmuraba débilmente con unquejido
de niña:
—No, no: me haría daño... me siento morir.
—Los dos en uno—continuaba el joven, con sorda exaltación,—unidospara
siempre; mirándose en los ojos como en un espejo; repitiendo susnombres con la
entonación de una estrofa; morir así si era preciso paralibrarse de la murmuración de
la gente. ¿Qué les importaba a ellos elmundo y sus opiniones?
Y Leonora, cada vez más débil, seguía negándose.
—No, no;... tengo vergüenza. Un sentimiento que no puedo definir.
Y así era. El dulce estertor de la naturaleza bajo el beso primaveral,aquel intenso
perfume de la flor emblema de la virginidad, latransfiguraba. La loca, la aventurera de
accidentada historia, entradaen el placer por el empujón de la violencia, sentía por
primera vezrubor en los brazos de un hombre; experimentaba la alarma de la virgenal
contacto del macho, la misma agitación que impulsa a la doncella aentregarse entre
estremecimientos de miedo a lo desconocido. Lanaturaleza, al embriagarla abatiendo
su resistencia, parecía crear unavirginidad extraña en aquel cuerpo fatigado por el
placer.
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