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Entre Naranjos

Rafael contemplaba con asombro a su amiga. ¡Qué guapa estaba!...¡Cualquiera
podía adivinar en ella a la artista de inmenso renombre!
Parecía una hortelana, vestida de fresco percal, como anunciando laprimavera; al
cuello un pañolito rojo y la rubia cabellera aldescubierto, peinada con artístico
descuido, anudada rápidamente sobrela nuca. Ni una joya, ni una flor. Su estatura y su
elegancia era loúnico que la hacía destacar sobre la muchedumbre. Y bajo la curiosa
yávida mirada de todo el mercado, Rafael sonreía frente a ella,admirándola fresca,
sonrosada, con la viveza de la ablución matinal,esparciendo un perfume indefinible de
carne sana y fuerte que embriagabaal joven.
Hablaba riendo, como si quisiera cegar con el brillo de su dentadura atodos los
papanatas que la contemplaban de lejos. Por todo el mercadoextendíase un rumor de
curiosidad, un zumbido de admiración y escándalo,al ver frente a frente, a la faz de
toda la ciudad, hablando con sonrisade buena amistad al diputado y la cantante.
Los amigos de Rafael, los principales personajes del municipio querondaban por el
mercado, no podían ocultar su satisfacción. Hasta elúltimo alguacil sentía cierto
orgullo. «Hablaba con el quefe. Lesonreía». Era un honor para el partido que una
mujer tan hermosa trataseamablemente a Don Rafael, aunque, bien considerado,
merecía esto y algomás. Y aquellos hombres, que en presencia de sus esposas tenían
buencuidado de callarse cuando éstas hablaban con indignación de laextranjera,
admirábanla con el fervor instintivo que inspira la bellezay envidiaban a su diputado.
Las viejas hortelanas envolvían a los dos en una mirada cariñosa.«Formaban buena
pareja; ¡qué matrimonio tan guapo podrían hacer!»
Y las señoras fingían no verles al pasar por su lado; se alejabantorciendo la boca
con un gesto de altivez, y al encontrarse con unaamiga, decían con acento irónico:
«¿Ha visto usted?... Ahí está esaechándole el anzuelo, delante de todos, al hijo de
doña Bernarda».Aquello era escandaloso: las señoras decentes tendrían que quedarse
encasa.
Leonora, insensible a la curiosidad, sin reparar en los centenares deojos fijos en
ella, seguía hablando de sus asuntos. Beppa se habíaquedado con la tía, y ella con su
hortelana y otra mujer, que aguardabana pocos pasos con grandes cestas, había venido
a comprar un sin fin decosas, cuya enumeración la hacía reír. Ahora era persona
formal; síseñor. Sabía el precio de lo que comía; podría indicar, céntimo porcéntimo,
el coste de su vida; creía haber retrocedido a aquella duraépoca de Milán, cuando con
la partitura bajo el brazo, entraba en casadel especiero por los macarrones, la manteca
o el café. ¡Cómo ladivertía aquello!... Y no queriendo prolongar por más tiempo
laexpectación escandalizada de la gente que interpretaba sus sonrisas y suvoluble
charla del peor modo, dio su mano a Rafael despidiéndose. Sehacía tarde; si
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