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Entre Naranjos

inglés excéntrico la seguía a todas partes,proyectando sobre su cabeza una sombra de
árbol fatal y jurando matar atodo el que ella prefiriese... ¡Ya había bastante! Estaba
cansada deaquella vida; sentía náuseas ante la voracidad varonil que le salía alpaso en
todas partes. Se veía quebrantada por la tempestad de pasión quedesencadenaba su
nombre.
Quería sumergirse, desaparecer, descansar entregada a un sueño sinlímites, y pensó
como en un blando y misterioso lecho, en aquella tierralejana de su infancia, donde
estaba su único pariente, la tía devota ysimple que la escribía dos veces por año,
recomendándola que pusiera sualma en regla con Dios, para lo cual ya ayudaba ella
con sus devociones.
Creía también, sin saber por qué, que aquel regreso a la tierra natalamortiguaría el
recuerdo doloroso de la ingratitud que había costado lavida a su padre. Cuidaría a la
pobre vieja, alegraría con su presenciaaquella vida monótona y gris que se había
deslizado sin la más leveondulación. Su voz y su cuerpo necesitaban reposo. Y
bruscamente unanoche, después de ser Isolda, por última vez ante el público
deFlorencia, dio la orden de partida a Beppa, la fiel y silenciosacompañera de su vida
errante.
A la tierra natal y ¡ojalá encontrara allí algo que la retuviera, nodejándola volver a
un mundo tan agitado!
Era la princesa de los cuentos que desea convertirse en pastora; y allípermanecía
adormecida, a la sombra de sus naranjos, sacudida algunasveces por el recuerdo;
queriendo gozar eternamente aquella calma,repeliendo con fiereza a Rafael, que
intentaba despertarla como Sigfridodespierta a Brunilda atravesando el fuego.
No: amigos nada más. No quería amor: ya sabía ella lo que era aquello.Además,
llegaba tarde.
Y Rafael revolvíase insomne en su cama, repasando en la obscuridadaquella
historia cortada a trozos, con lagunas que rellenaba suadivinación. Sentíase
empequeñecido, anonadado por los hombres que lehabían precedido en la adoración a
aquella mujer.
Un rey, grandes artistas, paladines hermosos y aristocráticos como elconde ruso,
potentados que disponían de grandes riquezas. ¡Y él, pobreprovinciano, diputado
obscuro, sometido como un chicuelo al despotismode su madre y sin dinero casi para
sus gastos, pretendía sucederles!
Reía con amarga ironía de su propia audacia; comprendía el acento burlónde
Leonora, la energía con que había repelido todos sus atrevimientos dezafio que intenta
poseer una gran dama por la fuerza. Pero a pesar deldesprecio que a sí mismo se
inspiraba, faltábanle fuerzas pararetirarse.
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