Not a member?     Existing members login below:
Holidays Offer
 

En el Fondo del Abismo

fabricando y vendiendo una fécula alimenticia que llevasu nombre. En torno de la mesa, adornada de flores
extrañas y chispeantede cristales y de argentería, las mujeres de dudosa moral y los amablesvividores
convocados por Marenval estaban agrupados en un desorden tanfamiliar como explicable, dada la
excelencia de los manjares y lacalidad de los vinos, y escuchaban á un joven alto y rubio que, á pesarde las
frecuentes interrupciones de que era objeto, seguía hablando contranquilidad imperturbable:
—¡No! no creo en la infalibilidad humana; ni siquiera en la de los quetienen la profesión de dictar
sentencias y que pueden por consecuenciaatribuirse una experiencia particular. ¡No! no creo que en el
momento enque un ciudadano como ustedes y como yo se sienta en el banco de maderade la tribuna del
jurado se vea súbitamente iluminado por revelacionessuperiores que le otorguen la ciencia infusa. ¡No! no
creo que unoshonrados padres de familia, ni siquiera los solteros, en cuanto seendosan una toga, con ó sin
armiño, no sean ya susceptibles de engañarseni de dictar sentencias discutibles. En resumen, reclamo el
derecho decreer en la ceguera de nuestros compatriotas en general y de los juecesen particular y siento, en
principio, la posibilidad del errorjudicial!…
La concurrencia prorrumpió en voces tumultuosas, se elevó un conciertode imprecaciones y algunas de
aquellas señoras empezaron á golpear losvasos con la hoja de los cuchillos. Los amigos del orador trataron
unavez más de imponerle silencio con sus risotadas.
—¡Maugirón, nos estás aburriendo!
—¡Una cena de multa, Maugirón!
—¡Se escurre como un macarrón, este tipo!
—Qu cursi es eso! Pues no se ocupa de la magistratura!…
—Oye! Pide una plaza de fiscal…
—¡Sois todos unos idiotas! exclamo Maugirón aprovechando un momento decalma.
—¡Qué grosero! dijo Marieta de Fontenoy. Oíd, debíamos marcharnos ydejarle solo.
—Marenval, ¿por qué nos invitas á comer con personas que tienenconversaciones serias á los postres?
preguntó la linda Lucía Pithiviers.
—Mira, ahí tienes á Tragomer, dijo Lorenza Margillier á Maugirón, queescuchaba impasible todos esos
apóstrofes. Ahí tienes un guapo muchachoque no es fastidioso en la mesa. Solamente ha hablado para decir
cosasagradables. Tengo un capricho por él, y si él quiere te planto, paraenseñarte á hacer conferencias.
—¡Digo, digo! exclamó Maugirón; ahí tienes un buen negocio, Tragomer, yyo también. Lorenza me quiere
dejar por ti… No vaciles, amigo mío,tmala. No desperdicies tanta dicha, ni aun al precio de
midesesperación. Pero, ante todo, dinos qué opinas sobre los erroresjudiciales.
—Oh! basta… Pues no vuelve á empezar! Esta chiflado! Al ateneo!
¡Hacedle tragar la servilleta!
Todas estas interrupciones surgían de un coro de carcajadas, mientras,el convidado á quien se había
dirigido Maugirón permanecía silencioso éimpasible. Era el tal un hombre como de treinta años, alto,
fornido, decabeza cuadrada, color tostado, negros y rizosos cabellos y magníficosojos azules. Su boca se
dibujaba grave bajo un oscuro bigote y subarbilla afeitada ofrecía todos los caracteres de la firmeza, casi de
laobstinación. Su ancha frente limitada por las cejas, era blanca, surcadapor admirables sinuosidades en las
que se revelaban las facultades dereflexión y de imaginación. Al verle de pronto serio y un poco sombrío,la
animación de los convidados se enfrió súbitamente. El viejo Chambol,amigo inseparable de Marenval,
interrogó con una especie de inquietud aljoven, cuya gravedad contrastaba tan fuertemente con la alegría
deaquella comida.
—¡Eh! señor de Tragomer, ¿qué le pasa á usted? ¿Es que ese charlatán deMaugirón le ha impresionado con
sus paradojas? ¿Ó es que la declaraciónde nuestra gentil Lorenza le parece á V. un cataclismo social?
Muysilencioso está usted y muy triste para ser un hombre á quien se hanpuesto debajo de la nariz las más
hermosas muestras de una bodega sinrival y ante los ojos los más bonitos hombros de París.
Tragomer levantó la frente y una sonrisa iluminó su semblante.
—Lorenza es encantadora, pero si aceptase su proposición, no meperdonaría el haberla hecho dejar á
Maugirón y éste me guardaría rencorpor habérsela quitado. No arriesgaré, pues, esta doble pérdida. Si
mehabéis visto un momento pensativo es que reflexionaba sobre lo que acabade decir nuestro amigo y que
bajo los excesos de elocuencia á que se haentregado creo que hay un fondo de verdad…
Remove