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Gatsby
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—¿Quién podía ser este Dick Dawson—cavilaba yo—para que tanto terrory odio le
produjera; este hombre tuerto que evidentemente estaba ligadocon el misterioso
pasado de su padre?
XII
EL SEÑOR RICARDO DAWSON
Confieso que deseaba con ansias ver aparecer a este inglés tuerto, aquien Mabel
Blair tenía un terror pánico, para poder juzgarlo.
Lo que hasta entonces había conseguido saber sobre él no era muysatisfactorio.
Parecía evidente que, en combinación con el monje, poseíael secreto del pasado del
muerto, y quizá Mabel temía algunadesagradable revelación que se relacionara con
los actos de su padre ycon el origen de su fortuna. Este fue el pensamiento que se me
ocurriócuando estaba ayudando a aplicar algunos remedios y reconfortantes a
lainsensible niña, pues había dado la voz de alarma al verla caerdesmayada,
acudiendo, en el acto, su fiel compañera, la señora Percival.
Mientras permaneció sin conocimiento, con su cabeza recostada sobre
unalmohadón de seda lila, la señora Percival estuvo arrodillada a su lado,y pienso que
me miraba con considerable recelo, pues, ignorando losucedido, creía que yo era el
causante. Me inquirió con cierta durezapor el motivo de aquel inesperado desmayo de
Mabel, pero yo le contestésencillamente que había sido una descomposición
repentina, y que laatribuía al calor sofocante de la habitación. Cuando volvió en sí,
lepidió a la señora Percival y a Bowers, su doncella, que nos dejaransolos, y, cuando
la puerta se cerró, me preguntó, pálida y ansiosa:
—¿Cuándo va a venir aquí ese hombre?
—Cuando el señor Leighton ponga en su conocimiento la cláusulaconsignada en el
testamento de su papá.
—El podrá venir—dijo con toda firmeza,—pero antes que cruce esteumbral, yo
habré abandonado la casa. El puede proceder como le parezcabien, pero yo no residiré
bajo el mismo techo que él, ni tendrécomunicación alguna con él, sea lo que fuere.
—Comprendo sus sentimientos, Mabel—exclamé,—¿pero cree usted que
esprudente seguir esa línea de conducta? ¿No será mejor esperar a vigilarlos
movimientos del individuo?
—¡Ah! ¡pero usted no lo conoce!—gritó.—¡Usted no sospecha lo que yosé que es
la verdad fiel!
—¿Y qué es eso?
 

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