—Los pillos de los abogados se encargarán de eso—exclamó con unaextraña
dureza en su voz, como si no hubiera tenido estimación algunapor sus abogados.—
No, quiero que usted vele por ella, que se cuide deque ningún hombre la haga su
esposa por amor a su dinero, ¿me comprende?Docenas de individuos andan en este
momento detrás de ella, lo sé, peropreferiría antes verla muerta que casada con uno de
ellos. Debe casarsepor amor... sí, por amor, ¿me oye? Prométame, Gilberto, que
laprotegerá, que velará por su suerte, ¿quiere?
Reteniendo todavía su mano entre las mías, le prometí cumplir lo que mepedía.
Estas fueron las últimas palabras que pronunció. Sus pálidos labios secontrajeron de
nuevo, pero no brotó de ellos ningún sonido. Sus ojosvidriosos estaban fijos en mí
con una mirada terrible y dura, como sihubiera estado esforzándose por decirme algo.
Tal vez me estaba revelando el gran secreto, el secreto de cómo habíaresuelto el
misterio de hacer fortuna y de poseer más de un millón delibras esterlinas, o tal vez
me hablaba de Mabel. Pero nosotros nopudimos saber lo que fue. Su lengua se negaba
a articular una palabramás; el silencio de la muerte habíase apoderado de él.
Así desapareció de este mundo, y así fue cómo yo me encontré ligado auna promesa
que tenía la intención de cumplir, aun cuando él no noshabía revelado su secreto,
como nosotros confiadamente lo habíamosesperado. Cuando nos mandó llamar,
habíamos creído que, dándose cuentade su estado agonizante, lo hacía para darnos a
conocer ese misteriosomedio que nos haría más ricos de lo que jamás habíamos
soñado. Pero eneste caso el desengaño había sido cruelísimo. Durante cinco años,
loconfieso, habíamos esperado confiados en que algún día repartiría connosotros parte
de su fortuna en compensación de los servicios que lehabíamos hecho en lo pasado.
Sin embargo, parecía ahora que fríamentehabía despreciado la deuda de gratitud que
tenía para con nosotros, y almismo tiempo me había impuesto a mí una obligación no
muy fácil decumplir: la tutela de Mabel, su única hija.
DONDE APARECEN CIERTOS HECHOS MISTERIOSOS
Debo declarar que, teniendo en cuenta todas las misteriosas y
curiosascircunstancias de lo pasado, la situación, para mí, estaba muy lejos deser
satisfactoria.
Al encaminarnos juntos aquella noche fría por la calle Marketdiscutiendo el asunto,
porque habíamos preferido salir a quedarnos en elsalón del hotel, a Reginaldo se le
vino a la imaginación la idea de quetal vez entre los objetos pertenecientes al muerto
estuviese el secretoescrito y sellado.
