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acto que ponga usted lospies en esa calle, se sabrá en todas las casas de vecindad que
un inglésanda haciendo preguntas. Y—añadió con una sonrisa significativa,—en lavía
San Cristófano se ofenden si les dirigen preguntas.
VII
EL MISTERIOSO EXTRANJERO
Conocí que su consejo era bueno, y en el correr de la conversación,mientras
tomábamos un piccolo en casa de Giacoso, me indicó que debíaocupar a un tal
Carlini, hombre muy astuto aunque viejo y feo, quien sehabía encargado algunas
veces de ciertas investigaciones privadas delconsulado inglés.
Una hora después el viejo se presentaba en el Saboya. Era un hombrepequeño,
encorvado, de cabeza blanca, miserablemente vestido, con unsombrero blando,
grasiento, de color gris, echado a un lado; unverdadero florentino típico del pueblo.
En los mercados lo conocían conel nombre de «Babbo Carlini», según supe después,
y las cocineras ysirvientas encontraban placer en hacerlo el blanco de sus travesuras
ybromas.
Todos creían que era un poco tonto, y él hacía por robustecer esasideas, porque le
daba mayores facilidades para sus investigacionessecretas, pues la policía
acostumbraba emplearlo en los casos graves, ymuchos criminales habían sido
aprehendidos debido a su astucia.
En mi dormitorio, solo con él, le expliqué, en italiano, la misión quedeseaba llevase
a cabo.
—Sí, signore—era toda su respuesta, cada vez que yo hacía una pausa.
Sus botines estaban en un estado lastimoso, todos rotos, y le hacíainmensa falta una
muda de ropa limpia; pero, sin embargo, de uno de losbolsillos asomaba un paquetito
de toscani, esos cigarros largos,delgados y de a un penique, que tan predilectos son
para el paladaritaliano.
—Recuerde—le dije al viejo—que usted debe encontrar, si es posible,un medio de
hacer relación con Paolo Melandrini, obtener de él mismotodos los datos que pueda
sobre su persona, y arreglar las cosas de modoque yo pueda, lo más pronto posible,
verlo sin que él me vea. Esteasunto—añadí—es estrictamente privado, y lo tomo a
usted a mi serviciopor el término de una semana, con el sueldo de doscientas
cincuentaliras. Aquí tiene cien para que pague sus gastos generales.
Tomó los verdes billetes de banco con sus manos como garras, ymurmurando Tanti
grazie, signore, los guardó en el bolsillo interiorde su miserable chaqueta.
 

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