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Gatsby
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Sin duda alguna, mi escapada de la muerte ha sido la más difícil yterrible que haya
un hombre conocido, y después de aquel esfuerzoviolento quedé allí parado, sin
aliento, jadeante y atontado, hasta queReginaldo me tomó de un brazo y me sacó de
aquella obscura caverna, enmedio de un silencio más impresionante que todas las
palabras.
XXX
EL MÓVIL Y LA MORAL
A la noche siguiente nos despedimos del vigoroso monje capuchino en laplataforma
de la estación de Lucca, y subimos al tren, en el cualdebíamos recorrer la primera
parte de nuestro viaje de vuelta aInglaterra. El tenía que retornar en el acto a su celda
de ermitaño,situada sobre el tortuoso Serchio, y seguir siendo, como lo había
sidoantes, el guardián silencioso del gran secreto que, de haber sidorevelado, hubiera
asombrado al mundo.
La ansiedad nos consumía, pues no sabíamos lo que le habría sucedido aMabel. Sin
embargo, con la conciencia de que la maligna y venenosainfluencia del aventurero
Dawson había desaparecido, volvimos a lapatria algo más tranquilos.
Era tan rico como no lo había soñado nunca, pues en medio de mis máslocas
fantasías no me había imaginado semejante prodigio; sin embargo,la esperanza de que
Mabel llegara a ser mi esposa, ilusión que habíasido mi ideal, el verdadero deseo de
mi existencia, había quedadodestruida, y durante esas largas horas de viaje,
melancólicas ysilenciosas, mientras el coche-dormitorio del expreso avanzaba hacia
elNorte atravesando las planicies de la Lombardía y luego la Suiza y laFrancia, mis
desesperados pensamientos estaban concentrados en ella y ensu porvenir.
Un coche nos llevó directamente de Charing Cross a la calle GreatRussell, donde
encontré una esquela de Mabel fechada en la mansión de laplaza Grosvenor,
pidiéndome fuera allí en el acto que volviéramos denuestro viaje. Apenas me lavé y
arreglé un poco, lo hice, y Carter mecondujo, sin ceremonia alguna e inmediatamente,
al gran salón blanco yoro que tan familiar me era.
Un momento después entró ella, encantadora y bella en su traje de luto,con una
dulce sonrisa en sus labios y su mano tendida hacia mí, llena degusto y placer al
volverme a ver. Su cara me pareció que expresaba unaviva ansiedad, y la palidez de
sus mejillas demostraba cuán cruelmentehabía sido destrozado su corazón por el
terror y las penas.
—Sí, Mabel, otra vez estamos de vuelta—le dije, estrechando su manoentre las
mías y mirándola a los ojos.—¡He descubierto el secreto de supadre!
 

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