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y triste realidad. Se paró delante de mí,resaltando aún más su hermosa y trágica
presencia, con su pequeña yblanca mano nerviosamente apoyada en el respaldo de
una de las doradassillas del salón, como buscando sostén en medio de su dolor.
—¡Lo sé!—exclamó con voz cortada, cosa desconocida en ella, y sus ojosfijos en
mí.—Sé para qué ha venido a verme, señor Greenwood. Hace unahora que lo he
sabido por el señor Leighton, que ha estado aquí. ¡Ah, mipobre padre querido!—
suspiró, y las palabras se anudaban en su gargantaal correrle las lágrimas.—¿Para qué
iría a Manchester? Sus enemigos hantriunfado, como yo lo temía desde hace tiempo.
Sin embargo, él nopensaba mal de nadie, ni creía en la perversidad de ningún hombre,
puestenía un corazón muy generoso. Siempre se negó a escuchar misadvertencias, y
se reía de todas mis aprensiones. Pero ¡ay! la terriblerealidad es ya un hecho. ¡Mi
pobre padre!—tartamudeó, con su bellorostro blanco hasta los labios.—¡Está
muerto... y su secreto hadesaparecido!
IV
EN EL QUE SE CRUZA POR UN TERRENO PELIGROSO
—¿Sospecha usted, Mabel, que su papá ha sido víctima de una malaacción?—le
pregunté a la pálida y enervada joven que estaba de piedelante de mí.
—Sí, lo sospecho—fue su contestación clara y sin vacilación.—Ustedconoce su
historia, señor Greenwood; usted sabe que él llevaba a todaspartes un objeto guardado
en una bolsita de gamuza, objeto que era sumás precioso tesoro. El señor Leighton me
ha dicho que se ha perdido.
—Desgraciadamente es así—repliqué.—Los tres la hemos buscado entresus ropas y
demás equipaje; hemos hecho averiguaciones e interrogado alsirviente del coche-
restaurant que lo encontró sin conocimiento en eltren, a los mozos de cordel que lo
llevaron hasta el hotel, y, en fin, atodo aquel que podía saber algo, pero no ha sido
posible encontrar elmenor rastro del objeto buscado.
—Porque ha sido robado deliberadamente—observó.
—Entonces usted abriga la creencia de que ha sido asesinado paraocultar el robo.
Movió la cabeza afirmativamente, con su cara siempre pálida y rígida.
—Pero recuerde, Mabel, que no existe prueba alguna de que se hayacometido un
crimen. Ambos médicos, dos de los mejores de Manchester, handeclarado que la
muerte se ha producido debido a causas enteramentenaturales.
—A mí no me importa nada de lo que ellos digan. La bolsita que mi pobrepadre
cosió con sus propias manos, que durante todos estos años pasadosguardó tan
cuidadosamente, y que por algún motivo extraño no quisodepositarla en ningún banco
 

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