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Gatsby
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para que sedeseara mi muerte. Blair me había legado el gran secreto y yo acababa
deconseguir descifrar el enigma que encerraban las cartas.
Este hecho debía haber llegado, probablemente, a conocimiento denuestros
enemigos; de ahí este cobarde atentado contra mi vida.
Sin embargo, semejante contingencia era aterradora, porque, si realmenteera sabido
que había descifrado el registro, entonces nuestros enemigosdarían, ciertamente, todos
los pasos necesarios en Italia para impedirque descubriéramos el secreto que yacía en
ese punto de las orillas deltortuoso, agreste y desierto río Serchio.
Al fin llegó el hanson, y, deslizando una buena propina en la mano delpolicía, entré
en aquél y partimos, lentamente, a través de la niebla,casi al paso, tal era la dificultad
de poder marchar. Había colocadosobre el lado derecho de la espalda mi bufanda de
seda, para restañar lasangre que manaba de mi herida.
Tan pronto casi como penetré en el hanson sentí fuertes vahídos y unaextraña
sensación de entorpecimiento que me subía por las piernas. Almismo tiempo se
apoderó de mí una curiosa repugnancia, y, aun cuandofelizmente pude detener el
derrame de sangre, lo que tendía a demostrarque la herida no era, después de todo, tan
seria, mis manos empezaron aencogerse de una manera extraña, a la vez que mis
carrillos se vieronatacados de un dolor peculiar, muy semejante al que se sufre
cuandoempieza un ataque de neuralgia.
Me sentía terriblemente enfermo y sin fuerzas. El cochero, que habíasido informado
de mi herida por el vigilante, abrió la puertecita de lacubierta para preguntarme cómo
estaba, pero yo apenas pude articularunas pocas palabras. Si la herida era sólo
superficial, ciertamente elefecto que producía en mí era extraño.
De las muchas luces nebulosas que vi en la esquina de Hyde Park, tengoun recuerdo
claro; pero después de eso mis sentidos parecieron quedaratontados por la neblina y
por el dolor que sufría, y no recuerdo nadamás de lo que sucedió, hasta que de nuevo
abrí penosamente los ojos y meencontré en mi cama, brillando a través de la ventana
la hermosa luz deldía, y vi a mi lado a Reginaldo y a nuestro antiguo amigo Tomás
Walker,cirujano de la calle Reina Ana, de pie, observándome con profundagravedad,
que en aquel momento me pareció humorística.
Sin embargo, debo confesar que había muy poca gracia en la situación.
XXIII
QUE ES EN MUCHOS CONCEPTOS ASOMBROSO
Walker estaba confundido, verdaderamente confundido. Mientras habíaestado yo
inconsciente, él me había curado la herida, después de haberlaexaminado, supongo, e
 

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