eclesiástico era una realidad. Después de eso fue puesto enlibertad, y, con una escolta
que lo garantiera, marchó hasta Cosenza,donde tomó el tren para Roma.
—¿Pero cómo vino el secreto a poder de Burton Blair?—preguntóansiosamente.
—¡Ah!—observó el viejo, mostrando las palmas de sus manos morenas
yendurecidas,—esa es la cuestión. Sobre esas mismas cartas que ustedtiene, sé que
Poldo Pensi, el exbandido de Calabria, inscribió en ingléslas instrucciones del
Cardenal. En efecto, notará usted que la redacciónrevela que su autor ha sido un
extranjero. Esas letras mayúsculas, casiborradas, fueron trazadas por él a bordo del
«Annie Curtis», y conservóseguro su secreto hasta su muerte. Lo que él me
refirióconfidencialmente, no lo manifesté jamás a nadie hasta... vamos, hastaque
Burton Blair me obligó a hacerlo esa noche en que reconoció estacasa por la
fotografía sacada por Poldo, y me encontró de nuevo.
—¡Lo obligó!—exclamó Reginaldo.—¿Cómo?
El alto y enjuto anciano me miró con sus ojos pardos y movió la cabeza.
—Burton Blair sabía demasiado—contestó evasivamente.—Según parece,después
que yo me retiré llegó a ocupar el puesto de primer piloto, yPoldo, el hombre que
había tenido en sus manos, para conseguir buenosrescates, a duques, cardenales y
otros grandes hombres, trabajó a susórdenes pacientemente. Algún tiempo después,
Poldo cayó enfermo de ungrave ataque de fiebre y murió, pero, aun cuando es
bastante extraño, ledejó, así lo aseguraba Blair, el paquete de cartas con el secreto.
Dick Dawson, sin embargo, que estaba también en el buque comocontramaestre, y
que la mitad de su vida la ha pasado en bergantinesitalianos, en el Adriático, declara
que esta historia es falsa, y queBlair robó la bolsita que encerraba las cartas de debajo
de la almohadade Poldo, media hora antes de que éste muriera.
Sea esto verdad o mentira, sin embargo, los hechos quedan en pie, yson: que Poldo
debió dejar escapar en medio del delirio de la fiebreparte de su secreto, y que Blair
vino a ser el dueño de las pequeñascartas. Tres semanas después de la muerte del
italiano, Blair, aldesembarcar en Liverpool, llevando consigo las cartas y la
instantánea,emprendió ese larguísimo y fatigoso viaje por todos los caminos
deInglaterra, con el fin de encontrarme y conocer por mi intermedio laclave del
secreto del famoso bandido, la cual yo poseía.
—Y cuándo consiguió encontrarlo, ¿qué sucedió?
