Y desgraciadamente, antes que yo pudiera conocer sus designios la tomópor las
muñecas y, con un movimiento rápido, la obligó a retroceder tanviolentamente contra
el bajo parapeto del puente, que durante un momentoestuvieron unidos en un abrazo
de muerte.
Mabel gritó aterrada, al darse cuenta de sus intenciones, pero uninstante después,
con una vil imprecación, arrojola de espaldas porsobre la muralla, cayendo
ruidosamente y desamparada al fondo de lasprofundas y obscuras aguas.
En el acto me abalancé a salvarla, mientras el criminal huía, pero ¡ay!era demasiado
tarde, porque vi espantado, al escudriñar ansiosamente laobscuridad de aquel abismo,
que la masa flotante de hielo la habíacubierto, y había desaparecido completamente de
la vista.
LAS ENCRUCIJADAS DE OWSTON
El ruido de los pasos rápidos del asesino, al escapar por la sombríaavenida en
dirección al camino, sacome del desaliento en que estaba y meprodujo una viva
sensación de mi responsabilidad en presencia deaquello, y en el acto me quité el
sobretodo y el saco, parándome despuésa mirar lleno de ansiedad la negra obscuridad
de debajo del puente.
Aquellos segundos me parecieron horas, hasta que de pronto alcancé a veren medio
del río un bulto blanco, y sin un momento de vacilación melancé al agua en su busca.
La impresión del agua fue muy dura, pero, felizmente, soy un fuertenadador, y ni el
intenso frío ni la fuerza de la corriente tuvieronmucho poder para impedir mi avance
hacia donde estaba el cuerpo de lainconsciente niña. Después que la tomé, sin
embargo, tuve que lucharterriblemente para evitar que me arrastrara hacia la curva,
donde yosabía que el río, unido a otro su afluente, se ensanchaba, y donde
lasprobabilidades de efectuar el salvamento hubieran sido muy débiles.
Durante algunos minutos luché con todas mis fuerzas para conseguirmantener sobre
la superficie la cabeza de la pobre niña inconsciente,sin embargo, era tan poderosa la
corriente, con sus masas de hieloflotante, que toda resistencia parecía imposible, y
ambos fuimosarrastrados cierta distancia río abajo, hasta que al fin, llamando en
miauxilio mis últimas fuerzas, conseguí salir del peligro con miinsensible carga y
llegar a un banco de arena, donde pude sosteniendouna fiera lucha, saltar a tierra y
arrastrar a la pobre niña sobre laorilla helada.
Muchos años antes había asistido por un tiempo a un curso de primerosauxilios, y
recordé en aquel momento las instrucciones que habíarecibido entonces y me puse en
el acto a trabajar para producir unarespiración artificial. Era un trabajo pesado para
